sábado, 29 de noviembre de 2025

La autopista Lincoln

Él no había elegido Texas al azar. Había valorado a fondo la cuestión de adonde podían ir su hermano Billy y él. Se había pasado horas en la pequeña biblioteca de Salina hojeando el almanaque y los volúmenes de la enciclopedia hasta que tuvo completamente clara la respuesta. Sin embargo, Billy lo había valorado tan a fondo como él y tenía otra respuesta igual de clara a la misma pregunta. Pax. 37


Acto seguido dejó las bolsas en el coche y subió por Jeeson hasta la biblioteca pública.
En la entrada de la sala principal había una bibliotecaria de mediana edad sentada en un mostrador con forma de V. Cuando Emmett le preguntó dónde estaban los almanaques y las enciclopedias, ella lo guio hasta la sala de consulta y señaló varios volúmenes. Conforme lo hacía Emmett se dio cuenta de que la mujer lo escudriñaba a través de las gafas, observándolo con curiosidad, como si lo hubiera reconocido. Emmett no había vuelto a pisar la biblioteca desde que era un crío, pero ella podía haberlo reconocido por varios motivos, entre ellos que su fotografía había aparecido más de una vez en la primera plana del periódico local. Pax. 83

-¿Puedo ayudarte a buscar algo en particular? - Le preguntó la bibliotecaria al cabo de un momento.
-No, señora. No hace falta.
Cuando ella volvió a su mostrador, Emmett encontró los volúmenes que necesitaba; se los llevó a una mesa y se sentó. Pax. 84

Sentado en la biblioteca de Morgen, sacó el trozo de papel de su cartera y lo puso encima de la mesa. Luego abrió el tercer volumen de la enciclopedia y añadió una segunda columna. Pax,. 86

Dejó el volumen en su sitio y se dirigió a la puerta.
-¿Has encontrado lo que buscabas?
Emmett, que ya había dejado atrás el mostrador de consulta, se dio la vuelta y miró a la bibliotecaria. La mujer se había colocado las gafas sobre la cabeza, y él se dio cuenta de que había calculado mal su edad. No aparentaba más de treinta y cinco años.
-Si, gracias -respondió
-Eres el hermano de Billy, ¿verdad?
-Si -dijo el con sorpresa.
Ella asintió y sonrió.
-Me llamo Ellie Matthiessen. Lo he deducido porque te pareces mucho a él.
-¿Conoce a mi hermano?
-Si, claro. Ha pasado muchas horas aquí. Bueno, mientras tú has estado fuera. A tu hermano le gustan mucho las historias.
-Es verdad -coincidió Emmett con una sonrisa.
Aunque al cruzar la puerta no pudo evitar pensar: por suerte o por desgracia.

A la salida de la biblioteca, Emmett vio a tres tipos de pie junto al Studebaker. pax. 87 e 88

Se apoyó en la puerta y miró el colegio, y se fijó en que estaba construido con la misma piedra caliza roja que el juzgado de Morgen. Seguramente la piedra provenía de las canteras de Cass County. A finales del siglo XIX la habían utilizado para construir ayuntamientos, bibliotecas y juzgados en todas las ciudades de trescientos kilómetros a la redonda. Algunos de aquellos edificios se parecían tanto que, cuando ibas de una ciudad a otra, tenías la impresión de no haberte movido del sitio. Pax. 127

Cuando Billy asintió, él pasó a la portadilla del libro, donde le sorprendió encontrar una dedicatoria:

Al intrépido Billy Watson:
Ojalá hagas muchos viajes y vivas muchas aventuras.
                                                                         Ellie Matthiessen

Aunque aquel nombre le resultaba vagamente familiar, Emmet no lograba recordar quién era Ellie Matthiessan. Billy debió de percatarse de la curiosidad de su hermano, porque señaló la firma y dijo:
-La bibliotecaria.
Claro, pensó Emmett. La bibliotecaria de las gafas que había hablado con tanto cariño de Billy. Pax. 166 e 167

En cuestión de semanas todas las instituciones, desde Washington D.C. hasta Portland, Maine, que habían planeado conmemorar  el aniversario de la muerte de Whitman, querían contratar a Fitzy. Ahora Fitzy viajaba por el corredor noreste en vagones de primera clase y recitaba en centros sociales, salones, bibliotecas y sociedades históricas. En seis meses ganó más dinero que Whitman en toda su vida. Pax. 264

Pero luego, a las cinco en punto, cuando salió de la farmacia y se subió a su furgoneta, no bajó por Jedderson camino de la taberna de McCafferty. tras dejar atrás la biblioteca, torció a la derecha por Ciprés, a la izquierda por Adams y se detuvo enfrente de una casita blanca con porticones azules. Pax. 395

A continuación puso el libro encima de la mesa, cogió su pluma y lo abrió por la portadilla del título.
-Veo que fue un regalo.
-De la señorita Mattiessen. es la bibliotecaria de la biblioteca pública de Morgen -dijo Billy.
-Un regalo de una bibliotecaria, nada menos -dijo el profesor aún más satisfecho. Pax. 422

Towles, A. (2022).  La autopista Lincoln. Salamandra.

Aportado por Anxo


martes, 18 de noviembre de 2025

El nombre que ahora digo

 

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Ya no había más sangre, pero en el salón situado delante de la biblioteca vieron la coronilla de alguien sentado en el sofá que había en medio de la habitación. Era el cráneo con pelo de alambre del abogado Cantos, [...]
[...]
[...] al abogado Cantos le habían disparado en los pies, el derecho tenía algunos agujeros en las babuchas y al izquierdo le faltaban la babucha y varios dedos, cuando en la biblioteca volvieron a oír un ruido.

pax 258
-[...] Yo no sabía lo que había ocurrido, pero olí la sangre y la muerte, sargento Vera. El Marqués y el abogado Cantos se quedaron en el salón principal, escuchando, pero yo me fui a la biblioteca.

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-[...] Yo me había escondido allí, donde ustedes me vieron, en el hueco de las tablas que el propio Marqués me había enseñado había unos meses. Oí sus pasos por la puerta de la biblioteca, estaban muy nerviosos. [...]

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Buscaron al cura, que había desaparecido no se sabía cómo, quizá escondido en la biblioteca, detrás de unas tablas huecas que allí había, después mataron al abogado, a sangre fría.

ANTONIO SOLER; El nombre que ahora digo. Espasa Calpe S.A. 1999

Aportado por JMV

lunes, 10 de noviembre de 2025

Juego mortal

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Cuando llegó el momento de elegir un college para T. F., nada menos que el cardenal arzobispo en persona había acudido desde Boston en su nuevo "Packard" para ensalzar las virtudes de Holy Cross y Boston College, previendo ya, tal vez, la biblioteca Thomas F. O'Neill o el gimnasio que, llegado el momento, agraciarían esos campus si su intercesión lograba éxito.

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Sonrió hacia el lado de la mesa de Lady Gertrude.
-Querida, ¿por qué no os refrescáis un poco tú y Deirdre mientras el comandante y yo vamos a la biblioteca a tomarnos una copa de oporto?
Ridley condujo a T. F. por el vestíbulo hasta la biblioteca oscura y con paneles de madera. Resultaba claramente el santuario de aquel hombre, una ciudadela en la que no entraban huéspedes no invitados.

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Algo en su sonoro e incitante tono le sugirió a T. F. que aquello era algo más que una pequeña charla al lado de la chimenea, que su invitación a venir aquí para aquel fin de semana, su paseo, su encantadora cena y tal vez que todas las bien diseñadas paradas en el camino hacia su biblioteca.

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[...] T. F. se instaló en un sillón, aún sacudido e incómodo por su conversación en la biblioteca. Miró el reloj. ¿Cuuánto tardaría, se preguntó, en subir Dreide al piso de arriba?


LARRY COLLINS; Juego mortal. RBA Editores, 1994

Aportado por JMV

jueves, 23 de octubre de 2025

El romántico

La otra consecuencia fue que Poynter le había legado su baúl, lleno de libros. De pronto, Cashel se descubrió dueño de una pequeña y ecléctica biblioteca compuesta por sesenta y siete volúmenes. Pax. 122

Rememoró su largo y taciturno viaje hacia el norte a través de Europa. No se había apresurado. Ya había empezado un nuevo año cuando llegó  Ostende y recuperó sus pertenencias y la biblioteca de Cornelius Poynter. Pax. 217

Se hizo miembro del club de Pall Mall de sir Guy, el Brydges, y procuraba cenar allí al menos tres veces a la semana para justificar la suscripción. También trabajaba en la biblioteca del club en La institutriz. Pax. 241 

Concord contaba con una biblioteca; en la casa comunal se daban conferencias instructivas: había tiendas en las que podía encontrar de todo, desde agujas e hilo hasta rejas de arado y picos. Pax. 284

Frances encendió un farol que había en una mesita y, a medida que la luz fue inundando el espacio, Cashel vio que el amplio almacén estaba lleno de estanterías de listones que contenían miles de manzanas. Una hilera tras otra, sin llegar a tocarse, pero muy juntas. largos pasillos de estanterías, del techo al suelo. Una biblioteca de manzanas, pensó, o un banco. Pax. 319

-Porque me topé con tu libro. No tengo ningún reparo en reconocer que no soy un gran lector, pero ahí me tenías, en la biblioteca. Era un fin de semana lluvioso, el agua caía a mares y no había posibilidad de cazar. Escogí un libro al azar y resultó ser el tuyo. Pax. 348

Cashel pasaba las mañanas en la así llamada "biblioteca" del consulado. La sala disponía de varias mesas y sillas, así como de unas pocas docenas de volúmenes hinchados por el calor que se repartían en los estantes vacíos, con aspecto solitario, regalos de visitas anteriores. Pax. 380

En lugar de volver a la biblioteca, fue a ver al señor Frost, el boticario, y le explicó qué le ocurría. Frost le propuso que tomara unos polvos de elaboración propia que cashel debía disolver en agua y beberse antes de ir a dormir. Le garantizaba que aquello le calmaría las tripas...
...Frost volvió con los polvos y Cashel le dió las gracias y subió la escalera para regresar a la biblioteca. Pax. 381
A la mañana siguiente, Cashel trabajaba en sus notas en la biblioteca cuando un criado del consulado le informó de que había una persona en la puerta que deseaba hablar con él. Cashel bajó para ver de quién se trataba, preguntándose sino sería Sosha, a quien había dejado en Bagamoyo. Sin embargo, en la puerta no había nadie. Salió al patio y llamó a Sosha, pero no obtuvo respuesta. Extraño. El guardia de la verja le dijo que nadie había visitado el recinto. Muy muy extraño pensó Cashel, entrando de nuevo en el consulado para volver a la biblioteca. Pax. 383

Cashel había perdido casi veinte kilos mientras había estado enfermo. Se fatigaba con facilidad y sabía que la convalecencia sería larga, y, aunque el progreso era lento, poco a poco empezó a recuperar las fuerzas y a ganar algo de peso. La mejoría le permitía pasar varias horas al día en la biblioteca del consulado redactando la crónica de la Expedición Ross y Gilchrist-Baird. Pax. 391

Cashel declinó la oferta de nuevo con suma educación y mayor énfasis, pero debía reconocer que estaba intrigado. Mil libras anuales no era algo a rechazar a la ligera. Buscó Trieste en una enciclopedia de la biblioteca del club y descubrió su fama como puerto importante del Adriático. Pax. 406

Boyd, W. (2025).  El romántico. Alfaguara.

Aportado por Anxo


martes, 14 de octubre de 2025

Golpes de mar

DESTINO DE LAMIA

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Le hizo caso. A la mañana siguiente entró en la Biblioteca Pública y buscó en antiguos manuales de Geografía e Historia del marqués de Almeiras, de Antonio Ponz y de ángel del Castillo. Buscó en libros recientes, hojeó páginas y páginas de enciclopedias polvorientas, quizá fotocopiase algo que le pareció de interés, y salió al jardín de San Carlos.

EL PASEO DE LA VIUDA
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Se hizo asidua de la Biblioteca Pública de Caión, y allí miró libros, enciclopedias y mapas acerca de la geografía de Aragón.

ORNIA
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Antía le enseñó las cámaras inferiores, la sala de armas y escudos, la enorme biblioteca, la pequeña capilla, y le despidió al anochecer en el portalón de hierro tras decirle, vuelve mañana, vuelve siempre. Siempre que puedas, vuelve.

EL JARDÍN DESPUÉS DE LA LLUVIA
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Si dormía, le vigilaba el sueño desde la mecedora o me ponía a leer algún texto de su biblioteca. Sentí una enorme curiosidad ante los magníficos herbarios que hasta entonces yo ignoraba por completo.

TINARGOESCHA
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No recuerdo si ahora el tocadiscos -en casa no teníamos- era de la biblioteca o del colegio al que pertenecíamos los mediopensionistas, pero sí recuerdo con total nitidez que me lo prestaron con un disco de Pablo Neruda, donde el mismo recitaba sus Veinte poemas de amor y una canción desesperada.

DOS TARDES CON BEATRIZ DE SOUSA
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Traté de concentrarme en mis estudios de FP-2, rama Mecánica, y en el teatro y la poesía.
Ingresé en el equipo de trabajo de campo del Teatro Circo y me saqué todos los carnets de las bibliotecas de A Coruña.

EL HERMANO QUE LE INVENTÉ A MI HERMANO
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El periodismo fue mi último sueño nítido o acaso la certidumbre de una obligación, que logré esquivar. Soy bibliotecario. No he logrado escribir una página en mi vida.

CARTAS DE DOMINGO AL MÁS ALLÁ
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Era muy aficionado a leer, lo era y aún lo es, y se fue haciendo con una modesta biblioteca, a la que llamaba con cierta altanería: "Arnoia, Arnoia: la biblioteca marina". [...] empezaba a recitar, lo mismo que de una alineación se tratase, los autores de su biblioteca: Allegue, Baña Heim, Caamaño, Cabanillas, Cunqueiro, Dieste, Forester, Ksado, que no era escritor sino fotógrafo, Manuel Antonio, Poe, Ramón y Ballesteros, Stevenson.


ANTÓN CASTRO; Golpes de mar. Ediciones Destino. 2006

Aportado por JMV

lunes, 6 de octubre de 2025

La foto de Portobello

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Mi madre me llevaba hasta la puerta, y yo ni siquiera entraba. Me iba al parque, a hablar con Javi, que seguía rondando por el instituto, o a la biblioteca.


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También alcanzó el privilegio de leer. En la biblioteca del hospital encontró varios libros escritos por su padre, entre ellos El ratón de Sonia, pero los conocía demasiado bien y además, eran para niños. Hojeó un volumen de Kafka, que contenía muchos de sus cuentos. Le gustaron los títulos. Uno era era El artista del hambre; otro, El deseo de ser piel roja.

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Se levantó, comprobó que sus padres dormían y que su hermano tenía cerrada la puerta de su cuarto -sin duda seguí inmerso en su mundo virtual de altos elfos, dioses menores y otras mitologías- y bajó a la biblioteca, que estaba en el sótano.

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-¿Tiene todo esto alguna relación con los libros que escogiste de la biblioteca? -le preguntó a Sonia.
-Y con la foto. La foto de Portobello.

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Sonia se dio por aludida. Consultó la página web de la Biblioteca de Cataluña y buscó en la hemeroteca, sin encontrar nada de interés.


VICENTE MUÑOZ PUELLES; La foto de Portobello. Edelvives, 2004
IV PREMIO ALANDAR DE LITERATURA JUVENIL

Aportado por JMV

lunes, 29 de septiembre de 2025

Elizabeth Finch

Y, en efecto, Juliano resultó ser el último emperador pagano. Lo que los periódicos, al menos los periódicos paganos, habrían llamado un "héroe de la resistencia". Era un erudito-soldado: cuando emprendió la campaña en la Galia, la emperatriz Eusebia le regaló una biblioteca para que pudiera filosofar entre batalla y batalla. Pax. 42

Un abogado me escribió para informarme de que Elizabeth Finch me había legado "todos mis papeles y mi biblioteca, para que haga con ello lo que considere". Me sentí halagado pero perplejo. Pax. 57

Me había dejado la lista de lecturas en aquel cuaderno, y me había legado su biblioteca, a la manera de...,no, exactamente como había hecho con Juliano aquella emperatriz cuyo nombre ahora se me escapaba cuando él había partido hacia la campaña de la Galia. Pax. 82

Barnes, J. (2023).  Elizabeth Finch . Anagrama.

Aportado por Anxo