martes, 11 de agosto de 2026

Las tempestálidas

Todavía en la biblioteca le escribí a Gaustín una breve y, según me pareció, fría respuesta en la que de manera concisa compartía  mi opinión - que guardaba sospechosa similitud con la del editro, el señor Kraápchev- acerca de los acontecimientos en Yugoslavia y le rogaba que me enviara las cosas en lasque estaba trabajando, con la esperanza de que arrojasen luz sobre qué estaba pasando exactamente. Pax. 33

Estaba en la biblioteca de Nueva York cuando me topé con esta anotación en el diario de Auden, que normalmente se conserva en Londres, pero por una feliz coincidencia su archivo se encontraba temporalmente cedido. Pax. 36

La sala de estar era gigantesca. Una puerta corredera separaba la parte este en una especie despacho y biblioteca. Sobre la mesita alta había una máquina de escribir roja, una Olivetti Hermes Baby, con un folio en blanco envuelto en el rodillo. Pax. 57

Tenemos también una pequeña biblioteca con libros de los años sesenta y setenta, aunque las letras ya no significan nada para la mayoría de ellos. A veces hojean los libros para niños, disfrutan contemplando los dibujos. Pero eso es todo. Pax. 110

Iba a diario a la pequeña biblioteca para leer el último número del periódico de 1979. Habíamos recopilado todos los números de ese año y los sacábamos día a día. Pax. 119

Se preguntó si estaba cercano el día en que olvidaría también las letras. Se dijo que aquello era lo único que no podría soportar. Había aprendido a escribir muy pronto, a los cuatro o cinco años, lo que debía de significar que ellas serían las últimas en irse. Se las figuraba vívidamente, escabulléndose como animalejos pequeños, hormigas o escarabajos, abandonando los libros de su biblioteca, arrastrándose para cruzar el cuarto, abandonando en masa.
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Una biblioteca de libros vacíos, abandonados, sin título, sin texto. Páginas en blanco, tabula rasa. La mente de un niño es una tabula rasa y nuestro deber es escribir el mundo en ella, dijo su profesora en la ceremonia de inicio del primer curso
 Pax. 371 e 372

Vuelve el mismo sueño. Estoy en la biblioteca del mundo, en la sala principal, con sus altísimos techos cubiertos de murales, sus mesas de madera y sus lámparas con pie de bronce torneado del suave color del oro viejo. Pax. 379 e 380

Viajo todos lo días desde Brooklyn a la Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta con la 42.
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Entro en el Bryant Park, paso junto a sus pequeñas mesas y sillas verdes bajo los altos plátanos de sombra, echo un vistazo fugaz al edificio Chrysler, ese pabellón del art déco en vertical, y me hundo en la fresca gruta de la biblioteca como si lo hiciera en otro tiempo. Mi cronorrefugio. Pax. 382

A su izquierda ha situado una pila de libros. De hecho, es una de las pocas personas en torno a mí que efectivamente leen. Los demás miran sus teléfonos móviles, chatean y esperan a que fuera cese la lluvia. La biblioteca es un lugar seco y cálido, un refugio abierto a todos sin excepción. Hace años hubo una propuesta formal para prohibir la entrada a vagabundos, pero fue rechazada. Me muero de curiosidad por saber qué lee exactamente, me levanto, finjo buscar algo en los estantes vecinos y me giro un poco. Pa. 391

Paso todos mis días en su biblioteca, en la sala fría, bajo un cielo pintado, rodeado de las enciclopedias del mundo, tapas rojas y caracteres dorados. Leo periódicos antiguos y observo los rostros. Temo que en cualquier momento aparezca alguien, mire a su alrededor y se dirija hacia mí...
Estoy en una biblioteca, la biblioteca del mundo. Cada mañana, pido los periódicos de un mismo dçiade 1939. Todo me es conocido, he estado allí, he tomado algo en un garito de la 52, me he empapado con las lluvias de aquel otoño. El periódico es solo una puerta. Pax. 394

Gracias al Cullman Center de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde pasé diez meses entre 2017 y 2018 embarcado en una feliz lectura y su consiguiente aluvión de apuntes.

Gospodinov, G. (2022). Las tempestálidas. Fulgencio Pimentel,
Aportado por Anxo

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