viernes, 16 de octubre de 2020

El viento idiota


 [...] y dejé pasar el resto del día rondando por la biblioteca pública, a resguardo de la lluvia, entre los turnos de comidas del Oz.

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Le pregunté a John si podía indicarme cómo llegar a la biblioteca pública. Insistió en acompañarme para que no me perdiese. Atravesamos la zona de Chinatown de Old Town, cruzamos la calle Burnside y nos dirigimos hacia el centro de Portland en busca de la biblioteca principal, que se encontraba en el cruce de la Décima Avenida y la calle Yamhill.

A pesar de estar buscándose el sustento, John siguió ejerciendo de guía conmigo, así que para cuando llegamos a nuestro destino me había puesto al corriente de un par de aspectos sobre la Biblioteca Municipal de Portland. Según me dijo, era la biblioteca más antigua de Oregon y también un lugar en el que los vagabundos eran siempre bien recibidos. Me dijo que si no hablaba en voz muy alta o no me dormía en una de las sillas, los guardias de seguridad de la biblioteca no se meterían conmigo.

-Bueno, es una biblioteca bastante bonita -dijo John y cuando llegamos allí, minutos más tarde, comprobé que, como siempre, estaba en lo cierto.

Mi madre me contagió su amor por los libros cuando era niño y durante mi infancia me llevaba una vez a la semana a la biblioteca pública, demostrando una fe en los libros bastante más consistente que la que evidenció en sus esporádicas apariciones en la iglesia los domingos.
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Casi se había puesto el sol cuando salí de la biblioteca y me alegró comprobar que había dejado de llover, porque finalmente mi ropa se había secado en las horas que pasé en aquel espacio sobrecalentado.
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Después me dirigí a la biblioteca pública, donde el recibo del Joyce me serviría para pedir el carnet de préstamo.[...] Cuando llegué al mostrador, una amable bibliotecaria incluso metió los libros en una bolsa de plástico para que pudiera llevármelos a mi habitación.
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Mi voz interior era poco más que un eco de lo que había sentido la noche anterior mientras leía el ejemplar de la biblioteca de En el camino antes de irme a dormir.
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Cuando me daban calambres de tanto escribir, paraba y me preparaba algo de comer, o bien me relajaba con uno de los libros de la biblioteca, o me ponía a escuchar el programa nocturno de jazz de la KMHD, una emisora de radio estudiantil del Mount Hood Community College.
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Estaba detrás de ellos en la cola de Blanchet House a la hora del almuerzo, centrado en la lectura de un ejemplar de la biblioteca: los retratos personales de Tenfrasto, el discípulo de Aristóteles, pero dejé el libro en cuanto oí las cantidades a las que se referían los dos vagabundos.
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Comí con la cabeza en las nubes y en cuanto acabé me fui al centro, a la biblioteca central, donde pasé una enfebrecida media hora volcado sobre un ejemplar de las páginas amarillas de Seattle, apuntando los nombres y las direcciones de las oficinas de todas las compañías pesqueras de Alaska que pude encontrar.
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Tenía todos los asientos del fondo para mí, así que mientras cruzábamos el Willamette abrí mi mochila y saqué el único libro de la biblioteca que había decidido llevarme conmigo para que me hiciese compañía durante el viaje (confiaba poder devolver el libro con un poco de ayuda de los bibliotecarios de Seattle)
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Ya en la calle principal de Vancouver llegué a un pequeño bar detrás de la biblioteca pública, donde unos cuantos borrachos medio adormilados estaban sentados alrededor de  una mesa de picnic dando sus primeros tragos del día.
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Yo no quería malgastar la tarde, así que les pedí que me indicasen dónde se encontraba la biblioteca pública [...]

La biblioteca del centro de ciudad, ubicada en un rascacielos en el cruce de la calle Spring y la Cuarta Avenida, iba a convertirse en mi refugio preferido durante el tiempo que pasaría en Seattle; [...] Dudaba que existiese en todo el país otra biblioteca pública que pudiese ofrecer semejantes vistas, [...] Una tarde en la que estaba en la terraza me fijé en dos bibliotecarios que hablaban del clima durante una pausa para tomar café.

Durante aquella primera tarde en la biblioteca, sin embargo, no tuve tiempo para disfrutar de las vistas.
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Mientras tanto, tenía que ponerme con los anuncios del periódico, así que tomé el autobús gratuito hasta la biblioteca y me fui directo a la sala de los periódicos  para consultar el Intelligencer.
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Peter Kaldheim. El viento idiota. Ed. Planeta S.A. 2020.
Aportado por JMV

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