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jueves, 23 de mayo de 2024

El problema final

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-Y se lo sabe de memoria.
-No forzosamente -objeté-. Hay un ejemplar en la biblioteca de la sala de lectura.
-¿En serio?
-Sí

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Salí despacio al vestíbulo, seguido por todos, pasé ante el reloj y entré en la biblioteca. El cadáver seguía allí, cubierto por una sábana manchada de sangre en el lugar donde le tapaba la cabeza.

px 293.
Crucé las manos a la espalda mientras miraba los libros alineados en los estantes. Era una biblioteca ecléctica, con rara mezcla de autores y títulos: Phillips Oppenheim, Maugham, Scott Fitzgerald, Patricia Highsmith, Zweig, Mann, Joseph Conrad...

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-¿Y cómo llegó a esa extraña conclusión?
-Como a casi todo: leyendo -señalé la biblioteca-. ¿Conoce el cuento Cuatrocientos mirlos de Agatha Christie?

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-Soy mujer -añadió de pronto-, luego todos los diablos residen en mi corazón.
Señalé la biblioteca.
-¿Patricia Highsmith?
-Chesterton.
-Ah.


ARTURO PÉREZ-REVERTE; El problema final. Alfaguara 2023, 5ª edición.

Aportado por JMV

martes, 11 de abril de 2023

Revolución

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Se prolongaba el combate y en el caos de la refriega zumbaban balazos y rumores. Eran tres las columnas de humo negro que se alzaban ahora sobre Ciudad Juárez: ardía la biblioteca municipal, afirmaban unos, y otros decían haber visto saquear las farmacias y algunas tiendas.

ARTURO PÉREZ-REVERTE; Revolución. Alfaguara, 2022

Aportado por JMV

domingo, 13 de marzo de 2022

La Reina del Sur.

 

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Pero nunca dijo deberías leer alguno, o mira éste o aquel otro; esperó que Teresa se decidiera ella sola, después de sorprenderla varias veces curioseando entre los veinte o treinta libros que renovaba de vez en cuando, ejemplares de la biblioteca de  la prisión y otros que le mandaba algún familiar o amigo de afuera o encargaba a compañeras con permisos de tercer grado. [...] De modo que al día siguiente fueron a la biblioteca de la prisión y le pidieron a Marcela Conejo, la encargada -Conejo era su apodo: le puso a su suegra lejía de esa marca en la botella de vino-, el libro que ahora Teresa tenía en las manos.

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Las acompañaban Conejo, la bibliotecaria envenenadora, la piquera Charito, que estaba allí por tomadora del dos en la feria del Rocío y en la de Abril y en la hiciera falta, y Pepa Trueno, alias Patanegra, que se había cargado a su marido  con un cuchillo de cortar jamón del bar que ambos regentaban en la N-IV, [...]

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También estaban los libros. [...] Ahora tenía muchos, en estanterías de roble donde se alineaban ordenados por tamaños y por colecciones, llenando las paredes de la biblioteca orientada al sur y al jardín, [...]


ARTURO PÉREZ-REVERTE; La Reina del Sur. Ediciones Generales Santillana, 2003.

Aportado por JMV