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miércoles, 27 de enero de 2021

Un lugar llamado Antaño

Recuperarse de aquella pulmonía le supuso tanto esfuerzo como hacer un largo viaje. Leía mucho y empezó a escribir un diario. Tenía ganas de hablar con alguien, pero todos a su alrededor le parecían banales e insustanciales. Ordenaba que le llevaran a la cama libros de la biblioteca y, además, pedía otros nuevos por correo. Pág. 36


Cuando salía del trabajo, iba a la biblioteca municipal y cogía libros. La biblioteca municipal tenía grandes carencias. Faltaban enciclopedias y diccionarios. Las estanterías estaban llenas de títulos como Las hijas de los reyes, Sin dote, es decir, libros para mujeres. En casa, escondía entre las sábanas los libros que cogía prestados. Pág. 84


El Juego era absorbente y a partir de entonces necesitó mucho tiempo libre y tranquilidad. Exigía concentración incluso a lo largo del día, cuando no jugaba. Por las noches se encerraba en la biblioteca, desplegaba el tablero de tela y acariciaba en sus manos el dado octogonal durante un buen rato. Pág. 115


Ni siguiera han luchado. Han vuelto a casa. A Pawel Boski ni siquiera le entregaron una simple pistola -lloraba la señora Popielski-. Feliks, hemos perdido.

Él ensimismado, meneó la cabeza.

- ¡Feliks, hemos perdido la guerra!

- ¡Déjame en paz! -dijo, y se fue a la biblioteca. Pág. 115


Parecía que al señor Popielski le diera igual lo que sucediera a su alrededor. Él seguía jugando. Pasaba los días y las noches en la biblioteca. Dormía en el diván. Pág. 156


El Juego le exigía todo tipo de información, pero nunca tenía problemas porque todo lo podía encontrar en su biblioteca. Además, como los sueños eran los verdaderos protagonistas del Juego, el señor Popielski aprendió a soñar como por encargo. Pág. 157


El Juego le daba todo cuanto necesitaba e incluso más. ¿Para qué tenía que salir de la biblioteca?

Mientras tanto, los funcionarios del distrito le quitaron los bosques, los desmontes, las tierras de cultivo, los estanques y los prados. Pág. 157


Su esposa corrió arriba e inspeccionó con suma atención la biblioteca. Tenía la sensación de que allí no faltaba nada, no había ni un solo lugar vacío en los anaqueles, no se había movido de su lugar ni un solo cuadro, ni ningún adorno, nada. Pág. 158


Quisiera conocer a Dios a través de los libros, de las lenguas extranjeras y de las diversas teorías. Sin embargo, la biblioteca municipal no está bien provista… -Izydor tuvo que contener sus quejas contra la biblioteca-. Pág. 197


En la biblioteca municipal logró hacerse con un diccionario de alemán-polaco de antes de la guerra. En él había muchas más palabras alemanas que raus, shnell y Hände hoch, las cuales todos los habitantes de Antaño aprendieron durante la guerra. Pág. 206


El Ignis Fatuus o Juego educativo para un jugador es extraño y extrañas son sus reglas. A veces, el jugador tiene la sensación de que ya lo ha visto todo antes, que ya ha jugado antes a algo parecido que conoce este Juego por sus sueños o tal vez por algún libro de la biblioteca municipal a donde fue de niño. Pág. 210-211


Empezó a ir, de nuevo, a la biblioteca municipal para sacar bolsas enteras de libros; se había dado cuenta de que muchas de las series cuádruples ya habían sido descritas.

En la biblioteca había muchos libros que llevaban el magnífico exlibris del señor Popielski: sobre un montón de piedras se alzaba un pájaro, parecido a un águila, con las alas extendidas. El pájaro tenía sus garras apoyadas en las letras FÉNIX. Sobre él había una inscripción: “Exlibris de Félix Popielski”. Pág. 234


Un lugar llamado Antaño. Olga Tokarczuk. Editorial Anagrama, S. A., 2020

Aportado por Lola


miércoles, 11 de noviembre de 2020

Los errantes

Hice de camarera, de "kelly" en un hotel de lujo y de niñera. Vendí libros, vendí billetes. Me empleé una temporada en un pequeño teatro como encargada de vestuario y así sobreviví a un largo invierno entre telones de terciopelo, pesados trajes, pelucas y capas de satén. Terminada la carrera, trabajé como pedagoga, terapeuta de desintoxicación y también, recientemente, en una biblioteca. En cuanto lograba ganar algo de dinero, me ponía en camino. Pag. 15


Al principio, después de la primera travesía, fue a dar con sus huesos en la carcel durante más de tres años, cuando un mal capitán implicó a toda la tripulación en el contrabando de un contenedor de tabaco y de un gran alij de cocaina. Pero incluso en la cárcel de un pais remoto, Eryk seguía sometido al poder de la mar y las ballenas. La biblioteca de la prisión guardaba un único ejemplar de un libros en inglés abandonado hacía años seguramente por otro recluso. Se trataba de una edición antigua, de principios de siglo, de páginas frágiles y amarillentas, marcada por numerosas huellas de la vida cotidiana. Paf. 85


Pobre Blau, hubiera preferido ir directamente al grano. Charlar nunca fue su fuerte, le aburrían las frases pronunciadas para mantener el balsámico murmullo de la vida social. No deseaba más que acabar el café y pasar a la biblioteca, ver donde trabajaba Mole y qué leía. ¿Lo tendría en un estante a él, Blau, a su Historia de la conservación?¿Qué caminos transitaría hasta llegar a sus extraordinarios descubrimientos?.

...

-Le enseñaré ese trabajo -dijo, y se dirigió a paso ligero, y con el café en la mano, hacia la puerta corredera, que se le resistía. Él la ayudó a abrirla mientras el le sostenía la taza.

Al otro lado de la puerta estaba la biblioteca: unha hermosa y amplia estancia con paredes cubiertas de estanterías desde el techo hasta el suelo. Sin errar el tiro, extrajo de una de ellas una separata grapada. Blau la hojeó, dejando entender lo bien que conocía el texto. De odos modos, nunca le habían interesado los especímenes en líquido; para él, un callejón sin salida. Pag. 151 y 152.


Tras un aluerzo durante el cual ella le habló de Mole, de sus horarios y pequeñas excentricidades (la escuchaba con atención, sintiéndose agraciado por un gran privilegio), lo convenció par ir a darse un baño en el mar. Blau no estaba nada contento, habría preferido quedarse tranquilamente en la biblioteca y examinar el gato y el resto de la estancia una vez más. Pero no se atrevió a decir que no. Hizo un último intento de escabullirse pretextando que no tenía bañador.

-Déjate de tonterías -dijo ella haciendo oídos sordos a la excusa-, es mi playa privada, no habrá nadie. Te bañarás desnudo.

...

Una vez en la habitación, se echó una siesta cortita y luego tomó minuciosos apuntes. Incluso dibujó un plano en el laboratorio de Mole, sintiéndo un poco como James Bond. Con alivio se lavó el agua salada, se afeitó y se puso una camisa limpia. Cuando bajó, ella aún no estaba. La puerta de la biblioteca estaba cerrada y la llave echada, así que no osó entrar. Salió de la casa y jugó con el gato hasta que este decidió ignorarlo. Finalmente oyó unos ruidos procedentes de la cocina y entró en ella desde el jardín. Pag. 155, 156 y 157


Qué grande el dormitorio, aunque la ropa de cama podría ser de mejor calidad, de lino blanco y bien almidonada. Es, en cambio, de un algodón de mala calidad; lavada y relavada, no exige alimdón ni plancha. La biblioteca de la planta baja, sin embargo, resulta de lo más interesante, muy de mi agrado, contiene todo lo que yo necesitaría en caso de tener que vivir aquí. A lo mejor me quedo más tiempo, precisamente por la biblioteca. Pag. 165


Este pais no está hecho para las personas, sino para pequeños mamíferos, insectos y polillas. Está dormida. El avión está suspendido en un aire puro y glacial que mata las bacterias. Cada vuelo nos desinfecta. Cada noche nos purifica. Ve una pintura, no conoce su título, la recuerda de la infancia: una mujer toca los párpados de un anciano arrodillado ante ella. Es un cuadro de la biblioteca de su padre, sabe dónde estaba el libro, abajo a la derecha, junto con otros libros de arte. Podría cerrar los ojos y entrar en esa estancia de ventanas saledizas que daban al jardín. Pag. 275

 

"Kairós", lee Kunicki, "kairós", repite sin estar seguro de cómo se pronuncia. Debe ser griego clásico, piensa contento, ¡griego!, y se lanza hacia las estanterias de su biblioteca, donde no hay ningún diccionario griego, solo uno titulado Proverbios útiles en latín, al que apenás ha dado uso. Pag. 331

 

Reconoce ese lugar, estuvo en él por última cuando bajaban las aguas, justo después de la inundación. La biblioteca, la honorable Ossolineum, está situada junto al río, frente a é, y es un error. Los libros deberían guardarse en sitio elevado.

Recuerda aquella imagen, el momento en que salió el sol y bajaron las aguas. La inundación había dejado cieno y fango, pero ya habían limpiado algunos lugares y los trabajadores de la biblioteca ponían allí los libros a secar. Los colocaban medio abiertos en el suelo; eran cientos, miles. En esa posición tan poco natural para ellos, recordaban a seres vivos, un cruce entre pájaro y anémona.

Hoy se siente incómodo en esa biblioteca del centro de la ciudad, espléndidamente reconstruida tras el desastre de la inundación y oculta en una serie de edificios que circundan un claustro. Al entrar en la espaciosa sala de lectura ve mesas dispuestas en filas regulares y distancia discreta entre una y otra. Ante casi todas ellas ha sentada una espalda: inclinada, jorobada. Árboles sobre tumbas. Un cementerio. Pag. 332

 

 Nunca había estado allí. Durante su carrera frecuentaba únicamente la moderna biblioteca de la universidad. Entregaba una hoja con el título y el autor y al cabo de un cuarto de hora le traían el libro. Tampoco es que la frecuentara muy a menudo, en situaciones excepcionales más bien, porque la gente fotocopiaba la mayoría de los textos. Pag. 333

 

Solo mencionaré una conferencia, mi favorita. La concibió Karen. Fue a ella a quien se le ocurrió la idea de hablar de los dioses menores, los que no se encuentran en las páginas de los libros conocidos y populares, los que Homero no mencionó y más tarde Ovidio ignoró; los que no hicieron méritos con sus aventuras bélicas o amorosas; los no suficientemente aterradores ni suficientemente astutos, efímeros, apenas conocidos gracias a migajas de roca, menciones, vestigios de bibliotecas quemadas. Pag. 371

 

Después se desparramó sobre las estaciones y los aeropuertos desde donde el profesor había partido al ancho mundo. Inundó las ciudades a las que había viajado y, en ellas, las calles donde se había alojado en habitaciones alquiladas; los hoteles baratos donde había vivido, los restaurantes en los que había almorzado. La centelleante superficie roja del mar alcanzaba ya los primeros estantes de sus amadas bibliotecas, se hinchaban las páginas de los libros, también aquellos en cuya cubierta figuraba su nombre. La lengua carmesí lamía las letras, diluyendo su negra tinta. Pag. 377


Tokarczuk, O. (2019 ). Los errantes. Barcelona: Anagrama. 

Aportado por Lola