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lunes, 23 de diciembre de 2024

Voces del espejo

Pax. 99

Hace años un amigo bibliotecario, con el que compartí despacho y cafés en la Casa de la Panadería de la Plaza Mayor durante mucho tiempo, investigaba las Fiestas del Corpus en el Madrid barroco.

     Manejaba los maravillosos expedientes municipales que sobre este asunto guarda el Archivo de la Villa, donde está toda la documentación administrativa de la fiesta, lo que el Ayuntamiento encargaba y contrataba para la procesión y festejos, incluido el habitual Auto que se estrenaba cada año.
     Una mañana que fui a recoger a mi amigo, para el consabido desayuno, lo encontré enfrascado en su investigación, lupa en mano, y con varios expedientes abiertos sobre la mesa. De uno de ellos se había caído un papel que recogí del suelo y le entregué.
     El papel estaba escrito con una letra tan firme como apresurada y decía lo siguiente:


Voces del espejo. Luis Mateo Díez. FONDO DE CULTURA ECONÓMICA DE ESPAÑA, S.L. 2024
Aportado por Lola

miércoles, 24 de agosto de 2022

Hasta donde termina el mar

También habían robado de la biblioteca de Bermeo los recortes de prensa de algunas desapariciones, algunas fotografías antiguas de las muchachas desaparecidas y un lirio blanco seco de la corona que encontraron en la cala aquella tarde de noviembre.

-¿Tienes alguna teoría de las tuyas sobre ese lugar "oscuro y húmedo" que aparece en mis pesadillas?

-Puede ser -empezó a decir-. Tiene sentido pensar que estuviste retenida durante mucho tiempo en un lugar con poca luz. ¿Sabias que, si pasas mucho tiempo en un lugar oscuro, tus ojos se acostumbraran a ver en la oscuridad?

Ofelia la miró sin comprender.

-Lo leí en uno de los libros de la biblioteca durante nuestra visita. El cuerpo hace esas cosas: se adapta al medio en el que vive para poder sobrevivir; especialmente cuando cuando somos niños o jóvenes. Pax, 139. 

Leceaga, A. (2021). Hasta donde termina el mar. Barcelona: Planeta.

Aportado por Lola

viernes, 19 de agosto de 2022

Un viaje a la India

A Bloom le fascinó en particular

la pequeña biblioteca de María E.

Sin embargo, rápidamente se dio cuenta -por los títulos-

de que aquellos libros, ni aunando todas sus fuerzas, podrían contener

una sola idea a pesar de sus páginas.

Eran libros de recetas de cocina, un asunto completamente innecesario para Bloom:

debemos abrir y cerrar la boca, alternativamente, y nada más.

Lo demás -gastronomía refinada-

era una perversión particular

entre la boca y el alimento.

Y él se sentía excluido de tal perversión. Pax. 56 e 57


El excelente nadador que es Bloom sueña con

atravesar el mar a una velocidad excelente

y con un estilo nuevo. No a crol, ni braza ni mariposa, sino

ni más ni menos que a estilo intelectual. Y como no es fácil dar muestras

de capacidad de razonamiento mientras se nada o corre,

ni es fácil aplicar la biblioteca leída en un procedimiento físico

carente de frases,

habría que enviar, desde luego,

nuestras felicitaciones a Bloom. Pax. 71


París es voluptuosa.

Los editores viven en la penuria para que los poetas puedan tener una bodega

y una biblioteca.

Una botella de vino al día, dos versos;

una embestida erecta en el burdel principal de la ciudad,

un verso más, un verso y medio, de vuelta a casa,

asomarse (después) a la ventana

para insultar a los burgueses que pasan,

así es como se divierte un poeta. En París, los poetas

no tienen deudas, y hasta los locos son delicados. Pax. 78 e 79


En Europa hay viento, nieve, luz, agua, incendios,

y también gramática, sintaxis, y extensas bibliotecas.

Así pues, paralelo a la gramática, está el lenguaje.

Y en tan erudito continente hay más institutos

públicos preocupados por el buen uso de las metáforas

que preocupados por los ciclones. Pax. 99


Se acuerda de hombres poseedores de conocimiento

y de orgullosas bibliotecas,

que sólo se mostraban auténticos justo en los instantes

posteriores a una tragedia: a continuación

retomaban sus prácticas habituales.

Se acuerda de que una tarde vio cómo degollaban a

un gran animal. Y se acuerda de Mary. Pax. 143


Inclasificable queda el archivo que seis funcionarios

tardaron dos años en organizar. Las letras pierden

la distancia las unas de las otras: las bibliotecas pierden

el techo y su organización temática. Vista desde arriba, la mitad

de la literatura del siglo XVI se parece al contenedor de basura volcado de un edificio de provincias. Pax. 245


El río Ganges es la biblioteca y el archivo más importante

de la ciudad.

Fuera del río no hay vedad, ni mentira de calidad,

ni ficción ni mitología exteriores a sus aguas sucias. Pero las

aguas no están sucias, realmente semejante expresión

es un error - corrige Anish-. Son aguas complejas,

que es diferente. Pax. 270


Civilización y astronomía no caminan lado

a lado; después de grandes chaparrones, el edificio

de una biblioteca sufre filtraciones mezquinas,

de la misma manera que un burdel barato

o una carnicería. Bajo la lluvia, las diferencias desaparecen. Pax. 282


Así que a Shankra lo lanzaron

contra Bloom. Bloom quiere robar tu sabiduría

-le dijeron- y quiere robar tus valiosos

libros, cercenarle la cabeza a tu biblioteca,

enervarte. Quiere hacer de ti un guerrero en vez

de un apacible sabio. Bloom viene de Europa

para cosechar aquí las mejores flores.

No lo permitas, sabio Shankra,

líbrate de él. Pax. 313


Por eso, Bloom creía que la edición

antigua de un libro sensato era doblemente

sensata. Era un bibliófilo, a pesar de a veces ser un hombre de acción, y mucho,

pero un bibliófilo de los ojos a los dedos que sujetaban cada página,

Bloom era un hombre capaz de asaltar un país

a mano armada solo para entrar en su biblioteca privada y,

del tercer estante cotando desde arriba, extraer, por ejemplo,

un original de la Imitación de Cristo

con una magnífica tapa antigua.

Bloom era bibliófilo hasta en sitios sorprendentes.

La manía de los libros iba de los dedos

de las manos a los dedos de los pies, pues siempre leía

acompañando el ritmo de las frases

con pequeños golpecitos en el suelo,

como si escuchase música. Y esta

locura suya por los libros ya la habían adivinado

Shankra y sus amigos. Un hombre

que ha amado, ha matado y le gustan los libros

es un peligro equivocado. Pax. 315 e 316


Se sintió amenazado, he aquí el presentimiento.

Lo que le pasó a Bloom, unos segundos después, es que se vio rodeado

por dos discípulos de Shankra,

y se dio cuenta de lo que querían:

que él, el generoso Bloom, ofreciese sus dos libros

al enorme continente indio,

específicamente al sabio de un metro sesenta

que codiciaba bibliotecas ajenas.

Quiere recibir y, como todos los humanos,

no quiere dar. Y ya no disimula. Pax. 327


Tavares, G. M. (2014). Un viaje a la India. Barcelona: Seix Barral.

Aportado por Lola

Los pliegues de la tierra

 

Ramachandra le había dicho:

-Esas cartas deberían estar en la Nehru Memorial library, caballero, no en el fondo de una baúl.

-Están más seguras en el fondo de un baúl que en ninguna biblioteca india que yo conozca -había replicado Diwan Sahib.

Trataba a los visitantes con la suficiente brusquedad como para haberse ganado fama de muy grosero y no permitía  que la relación con ninguno de sus conocidos llegara a convertirse en amistad. Pax. 47


Dibujé viñetas para cada letra, como si fueran personas y animales, y se las hice escribir una y otra vez. Cada pocos días le traía algún libro de cuentos o canciones infantiles del armario-biblioteca del colegio. La obligaba a leer los rótulos más grandes de los paquetes de galletas y las pastillas de jabón. Me sentía poseída por mi tarea, que se había convertido en misión. Pax. 161 e 162


No quería pasarme una deprimente tarde tras otra junto a su chimenea, hablando siempre de las mismas cosas. Ranikhet carecía de las distracciones de una ciudad, lo cual empezaba hacer mella en mi ánimo. ¿Por qué no había un cine decente ni una buena librería?, ¿por qué ni siquiera una biblioteca? Me habría gustado ir en autobús a Nainital a pasar el día: comer una pizza, deambular por las tiendas, tomarme un helado. Pero, naturalmente, no podía moverme de allí mientras Diwn Sahib estuviera enfermo. Pax. 246

Roy, A. (2013). Los pliegues de la tierra. Barcelona: Salamandra.

Aportado por Lola


martes, 16 de agosto de 2022

El jardin de vidrio

En una balda, sobre el enchufe, una tetera eléctrica y una taza. El infiernillo soltaba chispazos pero no nos daba miedo. No era una biblioteca. Al otro lado de la calle estaba la tienda Svetlan, la tienda más insulsa que haya existido jamás. Svetlana vendía todo el año remolacha y col al doble de precio que en el mercado. Pax. 63

Había muchos libros, como si se hubiera quemado una biblioteca por ahí. Algunos estaban atados con una cuerda, otros envueltos en ropa o metidos en cajas de cartón. Había incluso otros escondidos en un edredón de plumas bien apretado. Comprendimos todos que el joven se mudaba y también sabíamos a dónde. El resto lo descubriríamos unos días más tarde. Gracias a Sura, por supuesto. Se llamaba Radu, había venido de Chernovtsi y era sobrino de Feodosia. Sin embargo, una pregunta seguía sin respuesta: ¿Qué hacía él con tantos libros?. Pax. 245

Sin embargo yo tenía un motivo de alegría. Nos habían cambiado a la bibliotecaria del sector. El lugar del armario lo había ocupado una mujer agradable, menuda, con gafas. Leía todo el día y tomaba apuntes a lápiz. No atosigaba a los críos con preguntas estúpidas, más bien al contrario, les proponía libros interesantes, incluso de las estanterías más altas. Empecé a leer cuentos, solo cuentos. Había encontrado también yo, como Zahar Antonovich, un escondite al cual no tenía acceso el mal. En un año terminé todos los libros infantiles. Pax. 250


Tibuleac, T. (2021). El jardín de vidrio. Madrid: Impedimenta.

Aportado por Lola

martes, 21 de septiembre de 2021

El olvido que seremos

Cuando llegaban las cuentas de servicios, oo le dab cuando mi mamá le decía que era necesario pagarle al albañil que había cogido unas goteras en el techo, o al electricista que había arreglado un cortocircuito, mi papá se ponía de mal genio y se encerraba en la biblioteca a leer y a oir música clásica a todo volumen, para calmarse. Pax. 19

Al volver de la casa de los Manevich mi papá -como ocurría siempre en los momentos importantes- se encerró en la biblioteca conmigo. Mirándome a los ojos me dijo que el mundo todavía estaba lleno de una peste que se llamaba antisemitismo. Pax. 31

Esta escena se repitió tantas veces que al fin mi papá se encerró en la biblioteca conmigo, me miró a los ojos y me preguntó, muy serio, si realmente no tenía ganas de ir al colegio todavía. Yo le dije que no, y de  inmediato mi entrada al colegio se postergó por un año. Pax. 34

Pero mi papá no le daba la razón sino que soltaba una carcajada feliz, me cogía de la mano y nos íbamos muy contestos para la casa, a leer en la biblioteca, o me llevaba a El Múltiple a comer un helado de vainilla con pasas, "para que se te olvide el sabor de la mazamorra". Pax. 43

El último cuarto que se visitaba, otra vez abajo, después del garaje y la biblioteca, era "el del doctor Saunders", que era protestante, pero nadie lo veía por eso con malos ojos, aunque la hermanita Josefa soñaba con poderlo convertir a la única fe verdadera, la religión Católica, Apostólica y Romana. Pax. 88

Aquella cruzada de nuestros maestros contra el sexo era lo que se dice una misión imposible, y el mismo fundador de la Obra, en unas películas propagandísticas que nos hacían ver en la biblioteca, hablaba del "heroísmo de la castidad". Pax. 97

Al mismo tiempo, en la casa, mi papá me ofrecía antídotos casero contra la educación escolar. A las lecturas del colegio, todas impregnadas de patrística y filosofía católica, mi papa oponía otros libros y otras ideas que me convencían mucho más, y si en clase de Religión o de Ciencias se pasaba por alto la teoría evolucionista (o se decía que no había sido comprobada a saciedad), o si en clase de Filosofía despachaban en tres patadas a Voltaire, DÁlembert y Diderot, en la biblioteca de mi papá era posible aplicarse vacunas con pequeñas dosis de ellos mismos, que me inmunizaran contra su destrucción,...Pax. 104 e 103

Se conmovía fácilmente, hasta llegar a las lágrimas, y se exaltaba con la poesía y con la música, incluso con la música religiosa, como con una elevación estética que limitaba con el éxtasis místico, y era precisamente la música, que oía encerrado a solas en la biblioteca, y a todo volumen, su mejor medicina para los momentos de desconsuelo o de decepción. Pax. 136

Si en cambio llegaba de mal genio, entraba en silencio y se encerraba furtivamente en la biblioteca, ponía música clásica a todo volumen y se sentaba a leer en su sillón reclinable, con la puerta cerrada con seguro. Al cabo de una o dos horas de misteriosa alquimia (la biblioteca era el cuarto de las transformaciones), ese papá que había llegado malencarado, gris, oscuro, volvía a salir radiante, feliz. La lectura y la música clásica le devolvían la alegría, las carcajadas y las ganas de abrazarnos y de hablar. Pax. 143

Cuando más tarde llegamos a la casa, nos fuimos los tres a la biblioteca, y mientras yo intentaba entender las reglas del futbol americano, que ni esa vez ni nunca pude comprender, mi papá empezó a leer en voz alta a mi hermana el primer cuento de Oscar Wilde que venía en el libro, precisamente "El ruiseñor y la rosa". Llevarían una página en la lectura cuando yo ya estaba completamente decepcionado de las incomprensibles reglas de fútbol americano y oyendo con disimulo la maravillosa historia de Wilde, hasta que al final, cuando el pájaro muere traspasado por la espina del rosal, yo mismo cerré mi  libro y me acerqué a ellos, humilde y arrepentido. Mi papá terminó de leer con mucha emoción. Pax. 158

Después no comentó ni una palabra sobre el asunto, pero semanas más tarde, en la biblioteca, me contó una historia: "Cuando yo estaba en el último año de Medicina, me llamó a su casa un primo, Luis Guillermo Echevarri Abad. Después de muchos rodeos y con mucho misterio, este primo me confesó que estaba muy preocupado por su hijo, Fabito, que parecía no pensar en otra cosa que en hacerse la paja. A la mañana, tarde y noche. Tú que eres casi médico, me dijo el primo, habla con él, aconséjalo, explícale do dañino que es el vicio solitario. Entonces yo fui a hablar con el hijo de mi primo -siguió contando mi papá- y le dije: tranquilo, sígalo haciendo todo lo que quiera, que eso no hace daño y es lo más normal; lo raro sería que un muchacho no se masturbara, pero le doy un consejo: no deje rastros ni se deje ver de su papá. Al poco tiempo el señor volvió a llamar, a agradecerme. Le había hecho el milagro: Fabito, como por arte de magia, había dejado el vicio". Y mi papá, como si no hubiera mejor moraleja para esa historia, soltó una carcajada. Pax. 161 e 162

Mi papá, a veces, se encerraba en la biblioteca y se ponía a todo volumen una sinfonía de Beethoven o alguna pieza de Mahler (sus dolorosas canciones para niños muertos), y por debajo de los acordes de la orquesta que sonaba con tutti, yo oía sus sollozos, sus gritos de desesperación, y maldecía el cielo, y se maldecía a si mismo, por bruto, por inútil, por no haberle sacado a tiempo todos los lunares del cuerpo, por dejarla broncear en Cartagena, por no haber estudiado más medicina, por lo que fuera, detrás de la puerta cerrada con seguro descargaba toda su impotencia y todo su dolor, sin poder aguantar lo que veía, la niña de sus ojos que se le iba esfumando entre sus manos mismas de médico, sin poder hacer nada por evitarlo, sólo intentando con mil chuzones de morfina aliviar al menos su conciencia de la muerte, de la decadencia definitiva del cuerpo, y del dolor. Pax. 185

Cuando Marta entró en agonía mi papá nos reunió a todos los hermanos, en la biblioteca, y a cada uno nos dijo una mentira. Pax. 193

Creo que nunca he leído tanto como en esos meses en México, por la mañana en la estupenda biblioteca de la casa de Iván, que me abrió sus puertas para que yo pasara allí las mañanas, solo, en silencio, en compañía de sus miles y miles de libros, y por la tarde en el apartamentico que al final alquilamos mi papá y yo, en la Colonia Irrigación. Pax. 224

Los primeros nacen en casas limpias, con buenos servicios, con biblioteca, con recreación y música. Los segundos nacen en tugurios o en casas sin servicios higiénicos, en barrios sin escuelas, ni servicios médicos. Pax. 253

Mientras escribo esto, no encuentro la revista. En Google, la nueva biblioteca de Babel, no hay nada al respecto. Eso se está olvidando, aunque no hayan pasado demasiados años. Tengo que escribirlo, aunque me dé pudor, para que no se olvide, o al menos para que durante algunos años se sepa. Pax. 310


Abad Faciolince, H. (2021). El olvido que seremos. (17ª reimpresión) Barcelona: Alfaguara.

Aportado por Lola.

lunes, 30 de agosto de 2021

La anomalía

Una noche de primavera, André la invita a cenar a su casa. Ella se sorprende del eclecticismo de sus invitados, un cirujano inglés de paso, una periodista de Le Monde, un bibliotecario bastante dado a empinar el codo e incluso un tal Armand Mélois, hombre exquisito y refinado que -como descubrirá durante la cena- dirige el servicio de contraespionaje francés. Pax. 35

-En cuanto a tu biblioteca, se celebró un encuentro en tu casa, donde todo el mundo cogió lo que le apetecía. Pero aún quedan muchos libros en cajas, tus Jarry, tus Dostoievski... Ya nadie lee hoy en día. Tus primos se llevaron los volúmenes de la Pléiade: quedan muy bonitos en las estanterías y, además, se venden bien por eBay. Pax. 299


Le Tellier, H.(2021). La anomalía. Barcelona: Seix Barral.

Aportado por Lola

sábado, 28 de agosto de 2021

Mar abierto

La mina te trata bien. Es un trabajo bien pagado, y luego tienes los baños, la biblioteca, el club y todo lo demás. Y vivienda, además, para quien quiera tener familia. Pax. 104 e 105

...Y piedras atravesadas por el trazado venoso de sustratos prehistóricos o de fósiles de criaturas extrañas provenientes del tiempo en que todo eran rocas volcánica y formaciones sedimentarias. Piedras cuyas ilustraciones, en días fríos e impecables, habían captado mi atención durante la hora del almuerzo en la biblioteca del colegio. Pax. 122

Había empezado a tomar prestados aquellos libros en la biblioteca local, y como en poco tiempo ya había agotado el reducido catálogo del que disponían, empecé a pedir que encargaran más títulos. Había desarrollado una gran afición y la bibliotecaria estaba encantada de proporcionármelos. Pax. 236

El grueso de Mar abierto se escribió en bibliotecas, a lápiz y en papel. Dedico, pues, este libro a todos los bibliotecarios, así como a los libreros, y a los maestros, y a todos los que trabajan con pasión por difundir la fuerza de la palabra escrita. Pax. 253

Myers, B.(2021). Mar abierto. Barcelona: Tusquets.

Aportado por Lola



jueves, 26 de agosto de 2021

Las Doncellas

Mariana tenía dieciocho años cuando se trasladó a Inglaterra, un país que había idealizado desde su infancia. Algo quizá inevitable, a causa de todo lo relacionado con él que su británica madre había dejado en aquella casa de Atenas: librerías y estantes repartidos por todas las habitaciones, una pequeña biblioteca abarrotada de libros en ingles -novelas, obras de teatro, poesía-. transportados hasta allí de manera misteriosa antes de que Mariana naciera. Pax. 39

En el colegio, donde le había costado encajar, deambulaba por los pasillos durante los descansos , solitaria e inquieta como un fantasma, y se veía atraída hacia la biblioteca, donde se sentía a gusto, donde hallaba refugio. Y el mismo patrón volvió a repetirse como alumna del Saint Christopher´s College: Mariana pasaba la mayor parte del tiempo en la biblioteca, donde trabó amistar con algunos estudiantes, pocos, tan tímidos y volcados en los libros como ella. Pax. 40

Tras abandonar el despacho del decano, Zoe y Mariana atravesaron la columna que recorría el otro extremos del patio, una serie de doce columnas que sostenían la biblioteca de arriba. Eran muy antiguas, estaban descoloridas y tenían unas grietas que las recorrían como si fueran venas. Pax. 69

Mariana sonrió. Casi todos los académicos tenían una enciclopedia por cerebro; Clarissa, una biblioteca entera. La profesora cerró los ojos y procedió a recitarla de memoria.

-¡Oh, vida, tan fútil y al fin duelo!/ ¡Oh, tu voz, consuelo y elación!/ ¿Habrá respuesta o reparación?/ Tras el velo, tras el velo... Pax. 87


Michaelides, A.(2021). Las Doncellas. Madrid: Alfaguara.

Aportado por Lola


miércoles, 18 de agosto de 2021

1794

Fui a la biblioteca con la esperanza de encontrar algo sobre San Bartolomé: mi padre no tenía cabeza para la lectura, y los libros que había incorporado a las colecciones de sus antepasados eran pocos, pero tras una hora de búsqueda infructuosa me di por vencido y redirigí mis esperanzas hacia mi preceptor. Como de costumbre, Llundstöm estaba en su estancia, encorvado sobre un cabo de vela y un libro. Pax. 42


Ceton me dio libre acceso a su pequeña biblioteca de viaje, y yo elegí para matar el tiempo la traducción de Antonine Galland de Las mil y una noches y una novela en francés cuyo curioso título yo mismo me atreví a traducir como Los infortunios de la virtud, aunque es probable que mis insuficientes conocimientos de dicha lengua me traicionaran y que la voluntad del autor fuera muy distinta. Pax. 115

Tras muchas y tediosas millas por mar y otras tantas leguas en carruaje, divisé por fin el hogar de mi infancia. Por primera vez en muchas generaciones, nuestra hacienda había quedado sin administrador. Nunca antes me había encontrado solo en la biblioteca de mi padre, entre los papeles que él había desatendido y que, después de su muerte, nadie había puesto en orden. Pax. 117

Cuando finalmente llegó, fue todo un acontecimiento: la gente se agolpó en la biblioteca para verlo. Eran como dos gotas de agua, así que era imposible que pasara desapercibido. Cogió un libro de la estantería y se enfrascó en la lectura pasando las páginas a tal velocidad que muchos se maravillaron, aunque otros pensaron que estaba fingiendo. Pax. 161 e 162
 

Natt Och Dag, N.(2021). 1794. Barcelona: Salamandra.

Aportado por Lola



martes, 3 de agosto de 2021

Todo lo que no te conté

Nath se había pasado el fin de semana paseando fascinado, tratando de asimilarlo todo: las columnas estriadas de la gigantesca biblioteca, el ladrillo rojo de los edificios contra el verde brillante de los jardines, el grato olor a tiza que flotaba en cada aula. Pax. 28 e 29


James, sin embargo, había sabido todas las respuestas. Había leído cada periódico que caía en sus manos; había leído todos los libros que había comprado su padre, a cinco centavos la bolsa, en saldos de bibliotecas. Cuarenta y ocho metros, escribió. 1492. Automóvil. El círculo. Terminó el examen y dejó el lapiz en una ranura en la parte superior del pupitre. Pax. 49


Pero no podía hablar de si misma sin mencionar a Nath y, para su sorpresa, Jack le hacía preguntas: ¿Por qué quería Nath ser astronauta? ¿Era Jack tan callado en casa como en el instituto? Así le contó cómo, después del alucinaje, se había pasado varios días dando saltitos por el jardín haciendo que era Neil Armstrong. Cómo en sexto curso había convencido al bibliotecario de que le dejara coger libros de la sección de adultos y se había llevado a casa tratados de física, de mecánica de vuelo, de aerodinámica. Cómo había pedido un telescopio por su catorce cumpleaños y recibido en su lugar una radio despertador. Pax. 212

 

Celeste Ng.(2019). Todo lo que no te conté. (3ª ed.). Barcelona: Alba editorial.

Aportado por Lola



miércoles, 28 de julio de 2021

Tiza roja

Para María es fácil, sale de trabajar tarde, no podría estar en casa aunque nos lo permitieran. En mi caso, echo la mañana en entregar currículums o acudir a entrevistas inútiles, un bocadillo a mediodía, y la tarde en la biblioteca.

Pero los sábados no hay colegio, ni extraescolares, ni siquiera bibliotecas abiertas, y aunque María sí trabaja, a mí me toca hacer plan con niños. Pax. 77


Ni en el sistema sanitario, del que por lo visto nunca ha hecho uso, quién no ha ido aunque sea una vez en su vida al médico! No figuraba en parte alguna, ni en una miserable biblioteca de barrio donde hubiese tomado un libro prestado. Nada. Empezaba a ser evidente que había algo. Cuanta más nada encontraba, más algo esperaba. Pax. 133 e 134


Es una oportunidad, si. Una gran oportunidad. Pensarás que es solo un cuento, pero ten en cuenta que se va a publicar en la revista La Marea. Miles de personas leerán tu cuento, que después sacaremos en un libro, y eso ya significa que estarás en librerías, bibliotecas, mesitas de noche, en las manos de alguien qu viaja en el metro. E espera, hay más: mi primer libro de cuentos se tradujo al francés, y tenemos ofertas en alemán e inglés. Imagínate, lectores norteamericanos pronunciando tu nombre, emocionándose contigo. Pax. 293 e 294

Rosa, I. (2020). Tiza roja. Barcelona: Seix Barral.

Aportado por Lola


La escena interior

¿No otorgan los escritores un poder exagerado a los pequeños paralepípedos de papel que se acumulan a su alrededor? Lo que parecía tan necesario salvaguardar ¿no se sepulta con tanta seguridad como el silencio? Un escritor no acepta la idea de que esas pequeñas estelas, adosadas unas a otras en las bibliotecas, puedan perder todo significado. Incluso basta pasear la mirada sobre el lomo de los libros para comprender que la voluntad de encontrar una forma para lo informe sigue siendo un mensaje claro, aun cuando los volúmenes se hayan tornado inaudibles. Pax. 12 e 13

Cohen, M. (2020). La escena interior. BarcelonaTusquets.

Aportado por Lola


lunes, 26 de julio de 2021

Y Zelda se convirtió en vikinga

Los lunes, después de desayunar, voy a la biblioteca a leer libros de vikingos. Gert vuelve de clase y almorzamos juntos.

...

Los miércoles voy a la biblioteca a leer la revista National Geographic, por si veo alguna foto nueva de vikingos. También me gusta mirar las fotos de animales. Pax. 23


Me miré el reloj para comprobar que aún tenía tiempo de sobra para realizar un sacrificio en honor de Gert antes de coger el autobús de las 11.15 para ir a leer a la biblioteca. Pax. 84 e 85

Aun cuando trabajaba en la gasolinera, antes de la beca y antes de que con ese dinero pudiéramos encontrar un sitio lejos de tío Richard, se aseguró de que yo pudiera ir a la biblioteca y al centro cívico. No teníamos mucho dinero, pero Gert es poderoso sobreviviendo a las batallas de la vida. Pax. 128

Entró Big Todd y me dijo que me había conseguido una entrevista de trabajo en la biblioteca, que para mi era un sitio perfecto para trabajar.

...

Me sentía como si fuera a explotar y le grité al teléfono:

-TENGO UNA ENTREVISTA DE TRABAJO EN LA BIBLIOTECA! Pax. 132


-En eso te doy la razón. -Se acercó y me hizo girar-. Pero te queda bien. Te marca el culo, pero sin que parezcas una guarrona.

-Guarrona no queremos - le dije.

-No, decididamente no vale para una entrevista en una biblioteca. Pax 133


Querido doctor Kepple:

...

¿Hay algún otro modo de que un vikingo pueda conseguir un tesoro que no sea saqueando? Ah, y tengo una entrevista de trabajo en la biblioteca (no sé si los vikingos tienen bibliotecas, así que también me puede contestar a eso).

Gracias por leerme y que pase un buen día. Pax. 148


Era el día de la entrevista en la biblioteca. Los miércoles son perfectos porque ya son mis días de lectura en la biblioteca pero Big Todd me dijo que mi entrevista no era en la biblioteca de al laddo del centro cívico a la que yo iba.

...

Me llevó en coche a la biblioteca y me dio los horarios de los autobuses y las indicaciones necesarias, conduciendo exactamente por el mismo camino que yo haría en autobús. Pax 158


Aunque no tenía ninguna experiencia laboral, Big Todd me ayudó a preparar un CV con el que parecía que podía ser una buena empleada de la biblioteca. La bibliotecaria, que se llamaba Carol, mordisqueó el extremo del lápiz. Big Todd cruzó las piernas. Estaba nervioso y no paraba de moverlas de arriba a abajo.

...

Big Todd me dijo que me acompañaba para darme ánimo, pero también para resolver las dudas que pudiera tener la bibliotecaria. Pax. 159


Con "socio" se refería a los que vamos a las bibliotecas. Era algo que yo había puesto en mi carta de presentación: que era "socia voraz de las bibliotecas" y sabía como funcionaban y donde estaban los libros.

...

Él me había hecho una lista de razones por las que yo era perfecta para la biblioteca. Las había ido escribiendo mientras yo le contaba lo que me gustaba de ir allí a leer. Pero me la había dejado en casa. Pax. 160


-Me he dejado en casa el papel donde tenía escritas las razones por las que sería perfecta para trabajar en la biblioteca -dije.

...

Le dije que yo iba a la biblioteca que había cerca de mi casa muy a menudo, que leer es muy importante  que quería ayudar a los demás a encontrar los libros que querían. Pax. 161


Me pidieron que les contara cómo había ido la entrevista y, cuando lo hice, Big Todd dijo que había conseguido impresionar a la bibliotecaria, a pesar de que al principio nos había dicho que no tenían ningún trabajo. Pax. 163


-Qué bien -dijo cuando le conté por qué no podía ir-. Y en una biblioteca. ¿No es genial?

-Mucho -dije yo

...

Gert, AK47 y Big Todd me habían advertido que en la biblioteca podían ponerme un horario de trabajo distinto cada semana y que eso significaría que cambiaría mucho de horarios, pero yo les dije que estaba preparada para el reto y que lo superaría contando hasta diez cuando me pusiera nerviosa por no saber qué iba a pasar a continuación. Pax. 165


La biblioteca es un sitio muy heroico en el que trabajar, porque los bibliotecarios ayudan a la gente a tener el cerebro más fuerte. También ayudan a los indigentes dándoles comida en lata que otras personas dejan en la caja de cartón de la entrada. Pax 166


Ser bibliotecaria consiste sobre todo en saber dónde va cada libro, para poder responder a las preguntas de las personas que intentan encontrarlos. Además, la gente se deja libros en las mesas. Si sabes adónde llevarlos, no hace falta que vayas al ordenador, que es lo más difícil de ser bibliotecaria, y fue algo que no conseguí hacer bien enseguida.

...

Yo sabía que en la entrevista tenía que ser gilipuya porque tienes que demostrar que eres digna de ser bibliotecaria.

No se puede ser bibliotecaria sin superar obstáculos.

La persona que estaba trabajando en la biblioteca antes que yo era un estudiante universitario que se llamaba Teddy y había hecho muy bien su trabajo

...

A la hora del almuerzo, me dejaban ir a cualquier parte de la biblioteca a leer mientras no incordiara a nadie. Pax 167


Había personas que iban siempre a la biblioteca. Dos ancianos, que se llamaban Tyrone y Mac, jugaban juntos al ajedrez por las mañanas.

...

Marxy vino a verme a la biblioteca en mi segundo día de trabajo, que era domingo. Me cogió de la cintura e intentó besarme en la boca.

-Mientras estoy trabajando no -le dije.

-Ah -dijo el, retrocediendo-. Perdona.

-Pero me alegro mucho de verte.

Va contra las normas besarse en la biblioteca. Carol me contó que una vez había pillado a dos crios de instituto, un chico y una chica, morreando en la sección de Cocina, 641.5, que es donde están los libros de cocina internacional. Pax. 168

Pearl vino a buscar a Marxy media hora más tarde. Yo intentaba demostrarle que era responsable y heroica y una buena novia para su hijo. Ella me dijo que se alegraba de verme y que le parecía muy bien que yo trabajara en la biblioteca. Pax. 169 e 170


-¿Tú crees que Zelda no tuvo dificultades cuando consiguió el trabajo en la biblioteca? Pax. 172


Los domingos eran días muy serios en la biblioteca, por la Hora de las Lecturas Dominicales de la Señora Coneja. Los padres llevaban a sus niños pequeños para que escucharan a una mujer con orejas de conejo tocar una guitarra y leerles libros. Cuando me enteré de que la Hora de las Lecturas Dominicales de la Señora Coneja era la razón por la que los empleados de la biblioteca odiaban trabajar los domingos, no lo entendía. La lectura es buena para fortalecer el cerebro y es agradable escuchar guitarras y música. 

...

Me enteré de que los bebés vomitaban mucho y chillaban y lloraban, y cuando se iban de la biblioteca olía a pierda y a pañales sucios. Los bebés que iban con sus padres a los programas que organizaba la biblioteca hacían mucho ruido y olían, no sé por qué, a ni no me molestaban. Pax 178


Los padres y los niños no entraron en la biblioteca como el resto de la gente. No fueron "goteando", como un riachuelo que avanza muy despacio. Vinieron todos de golpe como una inundación. Yo no sabía de donde había salido tanta gente.

-¿Ves? -me dijo Carol, que dedicaba a todos los que entraban una sonrisa falsa.

Los cochecitos a veces eran grandes y parecía que vinieran del futuro. Casi todos eran más bien feos. Eso era porque la gente que venía a nuestra biblioteca no tenía mucho dinero. Carol me dijo que la otra biblioteca tenía "clientela de más nivel", pero que los padres ricos solían ser más molestos. Pax. 179


Esta noche soñé con Hendo. La biblioteca estaba vacía. En el sueño estábamos hablando de libros y de vikingos, y de pronto se inclinó y me besó. Estábamos sentados el uno al lado del otro y me acarició la mejilla. Yo lo agarré de los brazos y noté los músculos. Pax. 186


Siempre que podía, estudiaba las imágenes de un libro de la biblioteca que se titulaba El gozo del sexo y que todo el mundo consultaba en secreto. Estaba lleno de dibujos de desnudos y le habían arrancado muchas páginas.

...

Un día de esa semana vi a Hendo en la biblioteca. Yo si que no quería que él me viera leyendo El gozo del sexo, así que lo escondí debajo de un libro del carrito e intenté pasar de largo. Era la primera vez que lo veía en la biblioteca sin Artem y él me vio antes de que me diera tiempo a pasar.

-Eh, Talismán -dijo-, ¿qué pasa?

-Nada, estoy trabajando - contesté, y le pregunté qué hacía en la biblioteca sino era domingo.

Se encogió de hombros.

Pax. 195 e 196


Lo miré y empecé a pensar en cómo sería ser su novia. Saldríamos, iríamos a sitiosy hablaríamos de los libros de la biblioteca, y nos besaríamos y nadie diría: "Mira esos dos retrasados", como nos lo decían a Marxy y a mí. Pax. 201


Y le dije que había conocido a Hendo en la biblioteca. Le dije que pasaba ratos conmigo cuando se aburría de la Hora de las Lecturas Dominicales de la Señora Coneja, y que a veces venía únicamente a leer revistas de baloncesto. Pax. 205 e 206


Pensaba que me iba a decir que se lo contara a Gert, pero no. Repasó sus notas y me preguntó qué más novedades había. Le hablé de la biblioteca, de todos los libros distintos, y de que, aunque no había muchos sobre vikingos, podía pedir que e comprara. Yo ya había pedido uno que Carol decía que era nuevo. Pax. 207


Ese día no se me dio bien el trabajo de la biblioteca porque estaba disgustada por lo de Marxy. No me hacía ilusión ayudar a la gente a encontrar libros ni a llevárselos. Me equivoqué dos veces.

...

Estábamos las dos de pie en el mostrador de recepción de la biblioteca, donde yo trabajaba mucho porque ya se me daban bien los ordenadores. Carol empezó a dar golpecitos con las uñas en el mostrador. Pax. 243


Carol se puso a meter más libros en el catálogo de la biblioteca, pero yo sabía que estaba mirando, aunque fingiera que no. Pax. 244


Fuimos a la sección de Libros Ilustrados de la biblioteca. Mientras caminábamos, lo olí, y olía muy bien, y su mano me rozó una vez, pero no supe si había sido a propósito o no.

...

Carol estaba escaneando libros  no había mucho lío en la biblioteca, así que le dije que me podía sentar a hablar un poquito. Hendo me preguntó qué novedades tenía. Pax 245


Después de ese día, Hendo vino más a la biblioteca, y eso me ayudó a olvidar a Marxy, que siempre estaba con Sarah-Beth en el centro cívico y le cogía la mano y a veces se la besaba. Pax. 247


Cuando Hendo y yo nos veíamos, no íbamos a su casa ni a la mía. Casi siempre era en la biblioteca, o en el McDonald´s, o en la cafetería que había enfrente de la biblioteca. Me preguntaba mucho por los vikingos y por Gert y mamá y AK47. Pax. 248


Esa noche no pude dormir. La persona con la que quería hablar, cuya voz quería oír, era Hendo. Había cogido su número de teléfono del ordenador de la biblioteca y lo tenía apuntado en mi móvil. Metiéndome debajo de las sábanas, lo llamé. Pax. 254


Condujimos un rato y vi que no giraba para la biblioteca. Le pregunté por qué no iba a la biblioteca. Me dijo que a lo mejor podía faltar a trabajo y así pasábamos el día juntos.

-Llama y di que estás mala. ¿Has faltado algún día

-No, nunca. Los vikingos no incumplen sus pactos, sobre todo cuando se trata de un trabajo que es importante para la tribu. Pax. 257


Llamé a la biblioteca y pedí que me pasaran con Carol y le dije que no podía ir. Hendo bajó la música y subió las ventanas para que Carol no supiera que estaba en el coche.

-Lo siento -dije tosiendo-, no me encuentro bien. Pax. 258


-¿Por qué? - me preguntó-. ¿Va todo bien por la biblioteca?

Le dije que me apetecía que hiciéramos algo después del trabajo y me dijo que le parecía estupendo. Pax. 259


Marxy se sentó a mi lado, me apoyó una mano en el hombro y me dijo que había conseguido el trabajo gracias a mí.

-Se te da tan bien lo de la biblioteca... -dijo-. Y hacer cosas por tu cuenta.

...

Me dijo que, a sus ojos, yo era una leyenda, y que Yoda también estaba intentando conseguir un trabajo.

Cuando llegó la hora de irme a la biblioteca, Marxy se levantó y me dio un fuerte abrazo de oso. Pag. 284


Durante parte de mi turno en la biblioteca estuve en el mostrador de la entrada, registrando libros. Me sentí bien. No como una heroína, pero tampoco tan mal como antes.

...

No supe que decir, así que me fui a por el carrito para darme una vuelta por la biblioteca colocando libros.

Había muchos libros por las mesas, lo que significaba que la persona del turno anterior no había hecho bien su trabajo. Lo miré y vi que era nueva, Olga, a la que yo no había conocido. Decidí dejar la biblioteca perfecta para que viera cómo se hacían las cosas. Pax. 285


Una de las cosas que me había enseñado Caro es que, cuando te enfrentas a un socio enfadado o a personas que están armando jaleo, siempre hay que mantener la calma como bibliotecaria y repetirles las normas con mucha claridad.

-Muy bien -dije-. Por favor, quite los pies de la silla. Pax. 286


Desde allí, le recordé una norma muy importante de la biblioteca.

-Si ha terminado de leer esa revista-dije señalando el número de National Geographic-, voy a volver a colocarla en su estantería.

...

Entonces, otras personas de la biblioteca empezaron a mirarnos. Bajé la vista al carro y al libro de cocina que estaba en lo alto de la pila. Cerré los ojos y procuré no mirarlo a él.

Volvió a reir, como se ríe un grendel, y no se calló.

-Eso me parecía-dijo-. Te agradecería mucho que le dijeras a tu novio que me llame. Aunque tengas engañado a tu hermano y a quien sea, a mí no.

Fue entonces cuando le grité que era gilipullo, con lo que la gente que había en la biblioteca levantó la vista de sus libros. Miré alrededor n busca de Carol, pero estaba en su descanso.

...

Con el estómago revuelto, vi cómo Tucán salía de la biblioteca. Se detuvo un segundo delante del mostrador de devoluciones. Entonces su coche rojo paró a la entrada, y el Gordo bajó del asiento del conductor y se sentó en el del copiloto para que Tucán pudiera subir y alejarse en el coche.

Pax. 287 e 288


No fui a casa después de mi turno en la biblioteca. En vez de coger el autobús de siempre, crucé la calle, caminé un par de manzanas y me subí a otro. Pax. 291


En la casa no había nadie, ni siquiera okupas. Miré en todas las habitaciones. Cuando me iba vi unos libros en un rincón. Eran de la biblioteca. Como yo era vikinga y bibliotecaria, los puse en un montón y me los llevé. Hendo aún tenía el libro de trenes que le había buscado para Artem, pero no estaba allí, lo que significa que se lo habría llevado y tendría que pagarla multa por retraso cuando hubiera pagado por todas las demás cosas villanas que había hecho. Pax. 292


Así que eché a correr. Solté los libros de la biblioteca para correr más rápido, que fue una cobardía como bibliotecaria, y procuré correr por detrás de las casas. 

...

Me dijeron que me podían llevar a casa cuando quisiera irme, para que no tuviera que coger el autobús. Como llevaba los libros de la biblioteca, pedí que me llevaran allí. Pax. 294


-¿Va todo bien por ahí atrás? -dijo la policia.

-No voy a decir nada -contesté.

-Claro. Es que estás temblando un poco.

-Entonces, sólo querías recuperar los libros de la biblioteca -me dijo el otro agente, que era el que conducía.

-La dirección del socio estaba en el sistema informático -dije.

-Eres la bibliotecaria más entregada que he conocido nunca -dijo la mujer.. ¿Tienes hermanos?

Miré al frente.

-Zelda... -dijo el otro agente-. Porque me parece que conocemos a tu hermano. Gert.

No dije nada. Ya tenía la garganta como un desierto y ni siquiera me estaban iluminando la cara con una luz brillante.

Pararon delante de la biblioteca. La agente bajó del coche y lo rodeó para abrirme la puerta a mí. Bajé yo también.

-Si alguna vez quieres hablar...-Me dio una tarjeta y mi espada de vikinga, que había cogido ella.

Le di las gracias, entré en la biblioteca y dejé los libros de Hendo en el buzón de libros devueltos de la entrada. Pax. 295


Después de uno de mis turnos en la biblioteca, AK47 y yo fuimos a hacer la compra para Gert y se la llevamos al apartamento por sorpresa. Ella estaba aparcando el coche y yo fui a abrir la puerta. Pax. 296


Vivíamos en un mundo villano y me enfadaba que hubieran hecho daño a Marxy, que era tan puro e inocente, aunque ya no fuera mi linda doncella. Puse mi cara de enfado para que nadie intentara hablarma hasta que me bajara del autobús en la biblioteca. Mi turno empezaba en menos de una hora, y Carol me había preparado trabajo en el ordenador, donde los socios iban a registrar los libros que sacaban. Ése es el puesto más poderoso de la biblioteca y Carol contaba conmigo.

Cuando llegé entré en la biblioteca y saludé a Larry, el guardia de seguridad, y fui a la sala de personal, donde Carol se estaba comiendo una ensalada en un recipiente de plástico. Pax. 306


Cuando volví a casa de la biblioteca, me miré en el espejo y me sentí muy pequeña y estúpida.

-No eres una leyenda -le dije a mi reflejo, y decidí que me iba a quedar en la cama para siempre. Pax. 307


En las leyendas vikingas, el héroe va a buscar al monstruo a la cueva. Yo no tenía la dirección de Tucán. No estaba en el sistema de la biblioteca como la de Hendo, pero sabía que había un sitio donde podía encontrarlo, donde él y su tribu pasaban el tiempo fumando y siendo villanos. Pax. 309


Gert había ido a verlo un montón de veces, y a veces yo lo veía sentado ahí cuando iba en el autobús hacia la biblioteca. Pax. 310


Yo iba a verla todo lo que podía, que no era todos los días porque cada vez trabajaba más horas en la biblioteca. Pax. 334


Un día, AK47 llamó a la biblioteca mientras yo estaba trabajando y dijo que necesitaba hablar conmigo. Pax. 335


Con estos papeles te transfiero el alquiler. Ya lo he hablado con el dueño del edificio. Sabe que vas a ocupar el apartamento en mi lugar. Tendrás que darle una copia de tu nómina de la biblioteca, para demostrar que tienes ingresos, pero lo podrás pagar. Pax. 337


Carol, la de la biblioteca, también vino. Me trajo dos sujetalibros, para que, cuando empezara mi propia biblioteca, pudiera ponerlo en los extremos y los libros no se cayeran. Pax. 341


Luego fui a mi cuarto y saqué mi sudadera de los Vikings de Minnesota, que me había comprado con dinero de mi sueldo de la biblioteca (aunque Gert es más de los Patriots). Pax. 348


MacDonald, A. D. (2020). Y Zelda se convirtió en vikinga. Barcelona: Destino.

Aportado por Lola.







martes, 13 de julio de 2021

La mujer de la falda violeta


Hace unos días, al pasarme por la biblioteca de dicho pueblo, sentí una punzada de nostalgia al acordarme del supermercado y me quedé un rato contemplándolo desde fuera. Allí estaba ella, ocupando su puesto tras la caja, como de costumbre. Pax. 24

Imamura, N. (2020). La mujer de la falda violeta. Barcelona: Duomo ediciones.

Aportado por Lola


lunes, 21 de junio de 2021

Bajo el árbol de los Toraya

Le hablo de mi trabajo a Florence. Nos tómanos un café en la terraza de un bar del bulevar Voltaire. El aire es tibio y húmedo. Ella se fuma un cigarrillo que yo le cojo de vez en cuando para darle una calada. Me escucha atentamente. Lleva un traje pantalón. Es la primera vez que la veo vestida así. Me digo que, si siguiéramos juntos, nunca se le habría ocurrido comprarse semejante conjunto.

-Y los que deciden comprar esa especie de maniquís los piden jóvenes y guapos, claro…

-Pues no. Paul, mi protagonista, sorprende a la Administración con una petición original: un Eco anciano al que tiene intención de implantar toda la memoria y todos los conocimientos del mundo. Una especie de biblioteca universal exhaustiva, un internet con rasgos humanos e individualizado. Pág. 93


Bajo el árbol de los Toraya. Philippe Claudel. Publicaciones y Ediciones Salamandra, S. A. 2017

Aportado por Lola


miércoles, 27 de enero de 2021

Vestida de corto

Pero, aprovechando un silencio, Félix sacó un trozo de papel del bolsillo. Era un texto copiado, no ocupaba más de un par de párrafos. Ya no recordaba si algún profesor lo había repartido o él mismo lo había encontrado en un libro de la biblioteca. Enseguida se había fijado en aquel texto. Quería compartirlo con Gil. Empezó a leer. Pág. 64


Vestida de corto. Marie Gauthier. Nórdica libros, S. L., 2020

Aportado por Lola


Un lugar llamado Antaño

Recuperarse de aquella pulmonía le supuso tanto esfuerzo como hacer un largo viaje. Leía mucho y empezó a escribir un diario. Tenía ganas de hablar con alguien, pero todos a su alrededor le parecían banales e insustanciales. Ordenaba que le llevaran a la cama libros de la biblioteca y, además, pedía otros nuevos por correo. Pág. 36


Cuando salía del trabajo, iba a la biblioteca municipal y cogía libros. La biblioteca municipal tenía grandes carencias. Faltaban enciclopedias y diccionarios. Las estanterías estaban llenas de títulos como Las hijas de los reyes, Sin dote, es decir, libros para mujeres. En casa, escondía entre las sábanas los libros que cogía prestados. Pág. 84


El Juego era absorbente y a partir de entonces necesitó mucho tiempo libre y tranquilidad. Exigía concentración incluso a lo largo del día, cuando no jugaba. Por las noches se encerraba en la biblioteca, desplegaba el tablero de tela y acariciaba en sus manos el dado octogonal durante un buen rato. Pág. 115


Ni siguiera han luchado. Han vuelto a casa. A Pawel Boski ni siquiera le entregaron una simple pistola -lloraba la señora Popielski-. Feliks, hemos perdido.

Él ensimismado, meneó la cabeza.

- ¡Feliks, hemos perdido la guerra!

- ¡Déjame en paz! -dijo, y se fue a la biblioteca. Pág. 115


Parecía que al señor Popielski le diera igual lo que sucediera a su alrededor. Él seguía jugando. Pasaba los días y las noches en la biblioteca. Dormía en el diván. Pág. 156


El Juego le exigía todo tipo de información, pero nunca tenía problemas porque todo lo podía encontrar en su biblioteca. Además, como los sueños eran los verdaderos protagonistas del Juego, el señor Popielski aprendió a soñar como por encargo. Pág. 157


El Juego le daba todo cuanto necesitaba e incluso más. ¿Para qué tenía que salir de la biblioteca?

Mientras tanto, los funcionarios del distrito le quitaron los bosques, los desmontes, las tierras de cultivo, los estanques y los prados. Pág. 157


Su esposa corrió arriba e inspeccionó con suma atención la biblioteca. Tenía la sensación de que allí no faltaba nada, no había ni un solo lugar vacío en los anaqueles, no se había movido de su lugar ni un solo cuadro, ni ningún adorno, nada. Pág. 158


Quisiera conocer a Dios a través de los libros, de las lenguas extranjeras y de las diversas teorías. Sin embargo, la biblioteca municipal no está bien provista… -Izydor tuvo que contener sus quejas contra la biblioteca-. Pág. 197


En la biblioteca municipal logró hacerse con un diccionario de alemán-polaco de antes de la guerra. En él había muchas más palabras alemanas que raus, shnell y Hände hoch, las cuales todos los habitantes de Antaño aprendieron durante la guerra. Pág. 206


El Ignis Fatuus o Juego educativo para un jugador es extraño y extrañas son sus reglas. A veces, el jugador tiene la sensación de que ya lo ha visto todo antes, que ya ha jugado antes a algo parecido que conoce este Juego por sus sueños o tal vez por algún libro de la biblioteca municipal a donde fue de niño. Pág. 210-211


Empezó a ir, de nuevo, a la biblioteca municipal para sacar bolsas enteras de libros; se había dado cuenta de que muchas de las series cuádruples ya habían sido descritas.

En la biblioteca había muchos libros que llevaban el magnífico exlibris del señor Popielski: sobre un montón de piedras se alzaba un pájaro, parecido a un águila, con las alas extendidas. El pájaro tenía sus garras apoyadas en las letras FÉNIX. Sobre él había una inscripción: “Exlibris de Félix Popielski”. Pág. 234


Un lugar llamado Antaño. Olga Tokarczuk. Editorial Anagrama, S. A., 2020

Aportado por Lola