miércoles, 16 de septiembre de 2026

Terra alta

Pax 54

[...] Además, gozaba de algunos privilegios: dormía en una celda individual, disponía de un ordenador y su único trabajo conocido consistía en ocuparse de la biblioteca. [...]

pax 55
Tuvo lugar en la biblioteca. El escritor anunciado apareció en compañía del director de la cárcel, un funcionario, varios monitores y una mujer. [...]

pax 57
Sólo entonces reparó Melchor en el Francés, que observaba la escena con expresión uraña, el torso derramado sobre su mesa de bibliotecario y una mejilla aplastada sobre la mano derecha. [...]
[...]
-Bueno, bueno -dijo, aliviado y sofocado, con la cabeza oscurecida por grandes lamparones de sudor-. Por fin vamos a hablar de literatura. -Volviéndose hacia el novelista, señaló al Francés-: Guille es nuestro bibliotecario. Un lector empedernido. [...]
[...]
El Francés recorrió con la vista la biblioteca hasta que se hizo un silencio razonable.

pax 60
[...]-El Francés hizo una pausa, y durante dos o tres segundos el silencio de la biblioteca pareció petrificarse-. [...]

pax 61
Dos días más tarde regresó a la biblioteca. AL verle entrar, el Francés levantó la vista del libro que estaba leyendo a la luz del fluorescente del techo y le miró, pero en seguida volvió a sumergirse en la lectura. En esta ocasión no había nadie en la sala aparte del bibliotecario. Melchor dio un vistazo desorientado a las estanterías, bastantes a medio llenar, y se acercó a la mesa del Francés.

pax 63
Melchor pensó que el bibliotecario se burlaba de él, pero no se molestó. Tras un segundo, el Francés abarcó con un gesto vago la entera biblioteca.

pax 65
Esta vez, cuando devolvió el libro a la biblioteca, el Francés le preguntó qué le había parecido. Todavía trastornado por la lectura, Melchor sólo atinó con un exabrupto que le brotó de las entrañas:
-Es la hostia.

pax 179
-¿Quién? pregunta.
-Arturo Ventosa -repite Olga-. El escritor. El concejal de Cultura es un fan suyo. Llevaba tiempo persiguiéndole para que viniera a presentar alguno de sus libros a la biblioteca, y por fin se ha salido con la suya. ¿Tú lo has leído?
-No.
-¿Entonces por qué sonríes?
[...]
-Por nada -responde-. ¿Podrás apañártelas sin mí en la biblioteca? [...]

pax 240-241
Una mañana resolvió acercarse a la biblioteca pública. Aún no eran las nueve y media y la encontró cerrada. [...] De repente, por una puerta salió una bibliotecaria, reparó en él, [...] La biblioteca consistía en un gran espacio diáfano, de grandes paredes de ladrillo visto y techo muy alto, [...] Melchor se internó en las hileras de estanterías y se quedó en la zona dedicada a las novelas. Pasado un rato, salió con las manos vacías, y ya iba a marcharse cuando decidió acercarse al mostrador de la bibliotecaria.
[...]
La bibliotecaria levantó la vista del ejemplar que estaba fichando y le observó por encima de sus gafas de leer.
[...]
La bibliotecaria se quitó las gafas. Era morena, muy delgada, con una cara agradable y unos ojos oscuros [...]
[...]
La bibliotecaria arrugó el ceño, como temerosa de que Melchor estuviera tratando de tomarle el pelo; cuando comprendió que no era así, dijo:
-Espera un momento.

pax 242-243
Se pasó el resto de la mañana leyendo en un rincón de la biblioteca, junto a un ventanal que daba a un patio empedrado de gravilla. Poco después del mediodía le devolvió el libro a la bibliotecaria.
-¿Qué te ha parecido? -preguntó ella.
-Es el segundo libro que más me ha gustado en mi vida -mintió.
-¿Y cuál es el primero?
-Los miserables -contestó Melchor-. ¿Lo has leído?
-No -dijo la bibliotecaria-. Pero he oído hablar mucho de él.
Melchor le preguntó qué había oído decir y la bibliotecaria le contó una anécdota. [...]
[...]
-Dicen que es la correspondencia más breve de la historia -añadió la bibliotecaria.
Por consejo de ésta, Melchor se llevó a su casa El doctor Zhivago, de Boris Pasternak, y aquella tarde, [...] le contó al caporal que había estado con una amiga de su mujer.
-¿Qué amiga? -preguntó Salom.
-No sé cómo se llama -respondió Melchor-. Trabaja en la biblioteca municipal.
[...]
[...] Melchor confiaba en que Salom, resignado a sus monólogos ambulantes, continuaría hablando sobre la bibliotecaria en cuanto se convenciese de que él iba a seguir encerrado en su laconismo. No se equivocó.
-[...] Luego se separaron porque mi mujer se fue a estudiar a Tarragona y Olga a Barcelona. Biblioteconomía o como se llame lo que estudian los bibliotecarios. [...]

pax 244
-Volvió a instalarse en Gandesa más o menos cuando mi mujer enfermó. [...] hasta que tuvo la suerte de que abrieron aquí la biblioteca. [...]
[...]
-¿Cómo has dicho que se lllamaba el tipo? -preguntó Melchor.
-¿Qué tipo? -contestó Salom.
-El que vivía con tu amiga la bibliotecaria -dijo Melchor-. El que le pegaba.

pax 245
No volvió a la biblioteca hasta que terminó de leer El doctor Zhivago. Olga estaba sentada detrás del mostrador: la llamó por su nombre, le devolvió el libro, le dijo que le había gustado mucho.
[...]
Olga sonrió, y Melchor se fijó en la red de arrugas que brotaba junto a sus labios. Como la semana anterior, la biblioteca acababa de abrir, estaban solos.

pax 246
Hablaron un rato de la novela de Pasternak. Melchor se dio cuenta de que, si descontaba las conversaciones telegráficas que había mantenido con el Francés en la biblioteca de la cárcel de Quatre Camins, era la primera vez que hablaba con alguien de sus lecturas.

pax 263
[...] a las ocho, justo después de que Olga cerrase la biblioteca, un coche la ha arrollado en la avenida de Catalunya, cuando caminaba hacia su casa, y se ha dado a la fuga. [...]

pax 301
El día en que devolvió a la biblioteca El tambor de hojalata, la novela de Günter Grass, Olga lo estaba aguardando tras el mostrador con una sonrisa cómplice.

pax 302
-Sí, pero con Los miserables es distinto.
Melchor intentó explicar por qué era distinto, pero fracasó. De su fracaso lo rescataron los primeros usuarios de la biblioteca, una pareja de ancianos [...]

pax 303
-Ya. El problema es que me pagan por llevar la biblioteca, no por hablar de libros. -Suspiró, cogió el ejemplar de El tambor de hojalata, inquirió-: ¿Quieres devolverlo?
[...]
Pasó la mañana allí, leyendo la novela de Perec, y a la una y media, justo antes de que cerrara la biblioteca, le propuso a Olga tomar un aperitivo en el bar de la plaza.

pax 304
Salieron juntos de la biblioteca y juntos echaron a andar hacia el casco antiguo. [...] Ésta contó entonces que la suya era la biblioteca más grande de la Terra Alta, explicó que la llevaba con la ayuda de otra bibliotecaria, llamada Llúcia [...] Llúcia se encargaba de atender a los usuarios de la biblioteca y ella de las tareas de gestión, [...]
Habían llegado al resguardo de la plaza, donde el viento soplaba con menor intensidad. Melchor le preguntó por qué había elegido ser bibliotecaria.

pax 308
-Bueno -suspiró Olga, poniéndose en pie-. Me voy. Esta semana no estará Llúcia y tengo que abrir la biblioteca por la tarde.

pax 313
Si le tocaba trabajar en el turno de tarde, se pasaba las mañanas en la biblioteca con Olga; si le tocaba trabajar en el turno de mañana, se pasaba las tardes en casa de Olga (suponiendo que Olga no trabajase) o en la biblioteca (suponiendo que Olga trabajase).

pax 314
Y, aunque era verdad que todos en el pueblo sabían que Olga y él salían juntos, porque los veían juntos por todas partes ( en las calles,  en las tiendas,en las cafeterías, en la biblioteca, sobre todo en la biblioteca), todos se comportaban como si no lo supiesen [...]

pax 322
[...] salvo que compartir la misma casa que Olga terminó de vincularle con el trabajo de ella hasta el punto de que en los meses posteriores hubo gente que lo confundió con un bibliotecario. No era raro: más de una vez abrió y cerró la biblioteca porque Olga no podía hacerlo, [...] le ayudó a mejorar o hacer posibles algunas prestaciones de la biblioteca [...]


JAVIER CERCAS; Terra Alta. Ed Planeta, 2019
PREMIO PLANETA 2019

Aportado por JMV

martes, 11 de agosto de 2026

Las tempestálidas

Todavía en la biblioteca le escribí a Gaustín una breve y, según me pareció, fría respuesta en la que de manera concisa compartía  mi opinión - que guardaba sospechosa similitud con la del editro, el señor Kraápchev- acerca de los acontecimientos en Yugoslavia y le rogaba que me enviara las cosas en lasque estaba trabajando, con la esperanza de que arrojasen luz sobre qué estaba pasando exactamente. Pax. 33

Estaba en la biblioteca de Nueva York cuando me topé con esta anotación en el diario de Auden, que normalmente se conserva en Londres, pero por una feliz coincidencia su archivo se encontraba temporalmente cedido. Pax. 36

La sala de estar era gigantesca. Una puerta corredera separaba la parte este en una especie despacho y biblioteca. Sobre la mesita alta había una máquina de escribir roja, una Olivetti Hermes Baby, con un folio en blanco envuelto en el rodillo. Pax. 57

Tenemos también una pequeña biblioteca con libros de los años sesenta y setenta, aunque las letras ya no significan nada para la mayoría de ellos. A veces hojean los libros para niños, disfrutan contemplando los dibujos. Pero eso es todo. Pax. 110

Iba a diario a la pequeña biblioteca para leer el último número del periódico de 1979. Habíamos recopilado todos los números de ese año y los sacábamos día a día. Pax. 119

Se preguntó si estaba cercano el día en que olvidaría también las letras. Se dijo que aquello era lo único que no podría soportar. Había aprendido a escribir muy pronto, a los cuatro o cinco años, lo que debía de significar que ellas serían las últimas en irse. Se las figuraba vívidamente, escabulléndose como animalejos pequeños, hormigas o escarabajos, abandonando los libros de su biblioteca, arrastrándose para cruzar el cuarto, abandonando en masa.
...
Una biblioteca de libros vacíos, abandonados, sin título, sin texto. Páginas en blanco, tabula rasa. La mente de un niño es una tabula rasa y nuestro deber es escribir el mundo en ella, dijo su profesora en la ceremonia de inicio del primer curso
 Pax. 371 e 372

Vuelve el mismo sueño. Estoy en la biblioteca del mundo, en la sala principal, con sus altísimos techos cubiertos de murales, sus mesas de madera y sus lámparas con pie de bronce torneado del suave color del oro viejo. Pax. 379 e 380

Viajo todos lo días desde Brooklyn a la Biblioteca Pública de Nueva York en la Quinta con la 42.
...
Entro en el Bryant Park, paso junto a sus pequeñas mesas y sillas verdes bajo los altos plátanos de sombra, echo un vistazo fugaz al edificio Chrysler, ese pabellón del art déco en vertical, y me hundo en la fresca gruta de la biblioteca como si lo hiciera en otro tiempo. Mi cronorrefugio. Pax. 382

A su izquierda ha situado una pila de libros. De hecho, es una de las pocas personas en torno a mí que efectivamente leen. Los demás miran sus teléfonos móviles, chatean y esperan a que fuera cese la lluvia. La biblioteca es un lugar seco y cálido, un refugio abierto a todos sin excepción. Hace años hubo una propuesta formal para prohibir la entrada a vagabundos, pero fue rechazada. Me muero de curiosidad por saber qué lee exactamente, me levanto, finjo buscar algo en los estantes vecinos y me giro un poco. Pa. 391

Paso todos mis días en su biblioteca, en la sala fría, bajo un cielo pintado, rodeado de las enciclopedias del mundo, tapas rojas y caracteres dorados. Leo periódicos antiguos y observo los rostros. Temo que en cualquier momento aparezca alguien, mire a su alrededor y se dirija hacia mí...
Estoy en una biblioteca, la biblioteca del mundo. Cada mañana, pido los periódicos de un mismo dçiade 1939. Todo me es conocido, he estado allí, he tomado algo en un garito de la 52, me he empapado con las lluvias de aquel otoño. El periódico es solo una puerta. Pax. 394

Gracias al Cullman Center de la Biblioteca Pública de Nueva York, donde pasé diez meses entre 2017 y 2018 embarcado en una feliz lectura y su consiguiente aluvión de apuntes.

Gospodinov, G. (2022). Las tempestálidas. Fulgencio Pimentel,
Aportado por Anxo

domingo, 9 de agosto de 2026

Netchaiev ha vuelto

pax 73

Fabienne había alquilado el apartamento a un viejecito encantador que era dueño de la mayor parte del edificio, en la esquina de la Rue Furstemberg, y que además poseía la mejor biblioteca de libros ilustrados y de ediciones originales que ella jamás hubiese visto.

pax 91
Roger Marroux cogió de su biblioteca un ejemplar de la novela. Se trataba de una edición encuadernada -en la que el título del libro, por cierto, se traducía como Los demonios, lo cual es también habitual- que presentaba la ventaja adicional de contener además los diarios que fue rellenando Dostoievski mientras lo escribía.

pax 99
En el transcurso de los años, Marc había ido consiguiendo reunir una notable biblioteca sobre la Comuna y, más ampliamente, sobre la historia de los movimientos sociales en el siglo XIX.

pax 110
Béatrice se levantó de un brinco, corrió hacia la biblioteca, al fondo de la habitación, y regresó con un diccionario.

pax 130
-Una vez, la viuda de Lucien Herr llevó a su hijo menor, a mi amigo, a la biblioteca de la Escuela, en la Rue d'Ulm. Todavía era un chiquillo. Debía tener unos diez años. Le mostró los estantes repletos de miles de libros. "Tu padre leyó todos estos libros", le dijo. "¡Tú harás como él!" ¿Como para traumatizar a un niño, no?

pax 133
Marroux recordó la biblioteca privada de Lucien Herr, que él solía visitar durante la Ocupación, en el edificio de enfrente. Con cuarenta y cinco años de intervalo, ambas habitaciones le habían dado la misma impresión de pensamiento vivo, de creatividad en marcha.

pax 134
La pared del fondo del despacho-biblioteca de Elie Silberberg estaba revestida en su mayor parte por un tablero de corcho donde, con chinchetas de todos los colores o con cinta adhesiva transparente había enganchado documentos de todo tipo: [...]

pax 138
Pero de repente la puerta de la biblioteca se abrió de par en par. La madre de Elie, Carola Blumstein, entró dando grandes zancadas, presa de agitación, voluble. Una mujer trataba de detenerla, de calmarla.

pax 143
Cogió a Fabienne por el codo mientras la llevaba hacia el despacho-biblioteca. En cuanto a Elie Silberberg, se sentía emocionado.

pax 169
Al día siguiente, en la biblioteca de Nanterre, Sonsoles le preguntó a un comunista que preparaba la agregaduría trabajando en la mesa contigua lo que pensaba acerca del asesinato del presidente director general de Renault.

JORGE SEMPRÚN; Netchaiev ha vuelto. Tusquets Editores, 1988.

Aportado por JMV

El peso del agua

 pxs 37-38

Hay dos largas mesas en el centro de la sala. El bibliotecario está sentado frente a un escritorio. Me acerco a él, aunque no sé bien qué decir.
-¿Puedo ayudarla? -pregunta él.
[...]
-Bueno... Tenemos los archivos.
-¿Los archivos?
-Sí, los archivos de las islas Shoals -me explica-. La biblioteca municipal nos los mandó hace algunos años.  [...]

pax 40
En un lateral hay varios sellos con anotaciones: "Recibido el 4 de septiembre de 1939: Biblioteca de St. Olaf. Recibido el 14 de febrero de 1940, Oslo (enviado por Marit Gullestad). Recibido el 7 de abril de 1942, Biblioteca Municipal de Portsmouth, New Hampshire.

pax 65
En la biblioteca del ateneo, guardo el original y la traducción del testimonio en su carpeta y la apoyo sobre la mesa. No se ve al bibliotecario por ninguna parte. Me pregunto cómo es posible que nadie haya ordenado todo este material. [...]

pax 66
Yo me apresuro a cruzar la calle antes de que me vean. Entro por segunda vez en el ateneo y subo los escalones de dos en dos. Al abrir la puerta de la sala de lectura, veo que la caja sigue donde la dejé. El bibliotecario todavía no ha vuelto. Me acerco a la mesa, saco la carpeta de la caja y me la pongo debajo del brazo.

pax 67
-¿Y Rich? -pregunto yo.
-He ido a comprar bogavantes para la cena -se apresura a decir Thomas mientras vuelve a comprobar la hora en su reloj-. Ya debe de estar esperándonos... Pero ¿qué llevas ahí?
-¿Esto? -digo al tiempo que cojo la carpeta-. No es nada. Unos documentos que he sacado de la biblioteca.

pax 71
[...] Rich baja a la sala de máquinas para arreglar la bomba de achique, y yo me siento en la litera de Billie con mis guías y mis anotaciones y la carpeta que me he llevado de la biblioteca. [...]

pax 120
-Esto es un documento original -insiste Thomas con cierta extrañeza-. Me sorprende que te lo dejaran sacar de la biblioteca.
-La verdad es que no me dejaron -confieso tras un incómodo silencio.
-¿Qué?
-Sabía que no me dejarían sacarlo, así que me lo llevé sin preguntar. Lo devolveré en cuanto acabe de leerlo.

pax 234
NUnca devolví el testimonio de Maren Hontvedt a la biblioteca. Nunca mandé las fotos a la revista, aunque mi editor tampoco me las reclamó.

ANITA SHREVE; El peso del agua. Palneta Internacional, 2002

Aportado por JMV

lunes, 20 de julio de 2026

Los jardines del tigre

 

pax 63

En el fondo, se sintió aliviado de que ella no dijera nada más sobre su conversación con Weramunda, y apenas sorprendido de que hubiera ido a la biblioteca de la embajada de Gran Bretaña, [...]

pax 65
Ella guardó silencio y él deslizó la vista a lo largo de los anaqueles de la biblioteca entre las ventanas, el único espacio libre de muebles y marcos en beneficio de los libros.

pax 211
En el interior del edificio principal, dos monjes japoneses iban y venían por los anaqueles de la biblioteca. Nosotros nos habíamos instalado oficialmente en el exterior, sin ponernos de acuerdo, bajo las buganvillas resecas del viejo jardín sin encanto, junto al estanque sin lotos.

MICHEL GRISOLIA; Los jardines del tigre. Editorial Diagonal del Grup 62. 2001
Aportado por JMV

lunes, 29 de junio de 2026

La picadura de abeja

Para empezar, todos los aspectos de la vida en el Trinity College se conocían mediante nombres arcaicos en clave. el bar se llamaba la Despensa, la biblioteca se llamaba la Lecky, el trimestre en el que estaban, el de octubre era el de san Miguel. Pax.373 e 374


La Biblioteca Antigua Está llena de turistas con gorros de pescador y bolsas de la compra con el emblema de la universidad. El pasado en venta. Pax. 393

La primavera anterior, mientras sus compañeros se dedicaban a morrearse en el Peg Woffington y a dormir la mona Dickie se había enclaustrado en la biblioteca para estudiar y sacarse, los Exámenes de Honores. Pax. 397

A los dieciséis años, a Willie lo habían expulsado de la escuela: lo habían pillado mariconeando, dijo misteriosamente. Y ya no había vuelto. Se había dedicado a pasar los días en la biblioteca, leyéndolo todo, le contó, literalmente todo lo que tenían. El corán, la revista Woman´s Own, Robert Ludlum, todo. Pax. 439

Sentarse en la sala de exposición del concesionario, "irse de picnic" juntos en el Passat nuevo, en el Jetta nuevo, leer libros de Mi pequeño pony de la biblioteca, comer galletas Oreo, ver pasar el pueblo al otro lado de la ventanilla. En aquellos momentos no estaba sonámbulo. Todos los placeres que ofrecía la civilización parecían insignificantes en comparación con aquello: estar sentad con su hija en un coche aparcado, sin ir a ninguna parte. Pax. 496

Esta vez el mensaje era real; era para él es decir, para Davi Silva. La respuesta era breve pero generosa. No se consideraba experto, dijo, pero sí que tenía algunos edificios favoritos, de los que le hacía una lista con enlaces. le dijo que visitara también la biblioteca Marsh.¡Disfruta del viaje!. Pax. 508 e 509


Murray, P. (2025). La picadura de abeja. Anagrama.
Aportado por Anxo

martes, 9 de junio de 2026

Lobos en las islas

 pax 121

Quedé solo en la habitación, una biblioteca o estudio, con el médico, que leía sentado en una butaca.

pax 137
¿Dónde estaba el libro? Quintana no estaba muy seguro de si en la biblioteca de la sala, o en el pequeño estante del dormitorio, donde guardaba casi todos los libros de poesía, o a lo mejor no quería saberlo, porque aquel libro era como un pedazo del cuerpo de Pedro, [...]

MARILAR ALEIXANDRE; Lobos en las islas. Editorial Arde, 2022

Aportado por JMV