A la semana de abstinencia, y a pesar de que había prometido no acercarse al amigo su primo, Noelia no encontró a nadie mejor con quien seguir practicando y se hizo la encontradiza con él a la salida del gimnasio municipal, donde Pablo pasaba las tardes convencido de que allí se preparaba mejor para la vida que en la biblioteca, que estaba a escasos cincuenta metros de distancia.
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Cuando entra del patio suele encerrarse en la biblioteca hasta la hora de la cena, alejado de las timbas que se forman en la galería y que por lo general terminan en pelea. Pero ni siquiera en el sitio menos frecuentado de la cárcel puede ocultarse durante demasiado tiempo.
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El rumano suelta una risotada y Gonzalo comprende que no tiene escapatoria. Antes de que pueda responder, un funcionario entra en la biblioteca.
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-Estás ocupada, lo entiendo. No te preocupes, que me voy a estudiar un rato a la biblioteca y me pondré dos pares de calcetines para dormir.
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Su amiga Marta se sentó junto a ella en la biblioteca y la miró con reproche.
-No veas el chorreo que me ha caído por tu culpa, Noe.
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Al salir de la biblioteca, se encontró a Pablo esperándola. Iba vestido de paisano.
-Pablo, ¿qué haces aquí? -preguntó Noelia sorprendida.
-He ido a buscarte a tu clase y un chico me ha dicho que estabas todo el día estudiando en la biblioteca.
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Noelia, por su parte, se propuso recuperar el curso y planeó encerrarse en la biblioteca las semanas que siguieron, aprovechando que a Pablo al fin le habían dado luz verde para pasar unos meses destinado en Mauritania, colaborando con la policía y el ejército local en la lucha contra la inmigración irregular.
SANTIAGO DÍAZ; El buen padre. Penguin Random House Debolsillo. 2024
JMV

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