Fabienne había alquilado el apartamento a un viejecito encantador que era dueño de la mayor parte del edificio, en la esquina de la Rue Furstemberg, y que además poseía la mejor biblioteca de libros ilustrados y de ediciones originales que ella jamás hubiese visto.
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Roger Marroux cogió de su biblioteca un ejemplar de la novela. Se trataba de una edición encuadernada -en la que el título del libro, por cierto, se traducía como Los demonios, lo cual es también habitual- que presentaba la ventaja adicional de contener además los diarios que fue rellenando Dostoievski mientras lo escribía.
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En el transcurso de los años, Marc había ido consiguiendo reunir una notable biblioteca sobre la Comuna y, más ampliamente, sobre la historia de los movimientos sociales en el siglo XIX.
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Béatrice se levantó de un brinco, corrió hacia la biblioteca, al fondo de la habitación, y regresó con un diccionario.
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-Una vez, la viuda de Lucien Herr llevó a su hijo menor, a mi amigo, a la biblioteca de la Escuela, en la Rue d'Ulm. Todavía era un chiquillo. Debía tener unos diez años. Le mostró los estantes repletos de miles de libros. "Tu padre leyó todos estos libros", le dijo. "¡Tú harás como él!" ¿Como para traumatizar a un niño, no?
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Marroux recordó la biblioteca privada de Lucien Herr, que él solía visitar durante la Ocupación, en el edificio de enfrente. Con cuarenta y cinco años de intervalo, ambas habitaciones le habían dado la misma impresión de pensamiento vivo, de creatividad en marcha.
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La pared del fondo del despacho-biblioteca de Elie Silberberg estaba revestida en su mayor parte por un tablero de corcho donde, con chinchetas de todos los colores o con cinta adhesiva transparente había enganchado documentos de todo tipo: [...]
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Pero de repente la puerta de la biblioteca se abrió de par en par. La madre de Elie, Carola Blumstein, entró dando grandes zancadas, presa de agitación, voluble. Una mujer trataba de detenerla, de calmarla.
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Cogió a Fabienne por el codo mientras la llevaba hacia el despacho-biblioteca. En cuanto a Elie Silberberg, se sentía emocionado.
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Al día siguiente, en la biblioteca de Nanterre, Sonsoles le preguntó a un comunista que preparaba la agregaduría trabajando en la mesa contigua lo que pensaba acerca del asesinato del presidente director general de Renault.
JORGE SEMPRÚN; Netchaiev ha vuelto. Tusquets Editores, 1988.
Aportado por JMV
